Todos somos ganadores en Cristo Jesús, esa es una verdad que debemos aceptar de corazón para enfrentar la vida con la actitud correcta. Durante los Juegos Olímpicos, apreciamos el espíritu de competencia en todo su potencial, ningún atleta llega solo a competir, sino que llega a ganar. En la vida, siempre debemos apuntarle a ganar, no solo a competir porque la Biblia nos enseña que debemos ser cabeza y no cola, debemos ir al frente, no atrás, porque solo hay dos opciones, ser ganadores o perdedores, y los ganadores son aquellos que se esfuerzan, que establecen metas y luchan por alcanzarlas. En las Olimpiadas no se gana por sorteo o suerte sino por esfuerzo. Hay tantos testimonios de grandes deportistas; uno de los más famosos es el nadador de USA, Michael Phelps, ganador de 28 medallas olímpicas, el único que rompió el récord establecido por Leónidas de Rodas, ¡hace más de dos mil años!

La vida es como una carrera, y no se gana por iniciarla, sino por terminarla bien. ¿De qué sirve salir en estampida, si bajamos el ritmo y llegamos de último? ¿Cómo hacemos para ganar en medio de una crisis? ¿Qué ha hecho Phelps?  ¡Entrenar sin descansar! Lo que se forma en privado y con disciplina se convierte en grandes logros visibles. Este nadador, hace dos años, estaba a punto de suicidarse porque el éxito le generó desgaste y debilidad. Estaba en drogas y alcoholismo, pero un amigo, jugador de fútbol americano, Ray Lewis, le regaló un libro y le compartió sobre Jesús. Ahora, Phelps es cristiano y un ejemplo de cómo levantarse de una situación adversa. A veces, cuando iniciamos algo, tenemos la tentación de no terminarlo. Cuando enfrentamos un tiempo de angustia y frustración, decimos: “Creo que mi trabajo, que mi carrera, que mi matrimonio no podrán sobrepasar esta dificultad”. Pero en ese momento es cuando debemos recordar que en Cristo Jesús, somos más que vencedores.

Lo que necesitamos es entrar en un proceso para ser libres de las ataduras que nos impiden ganar la carrera de la vida que requiere resistencia. El pecado es un estorbo que limita nuestro avance. Es como un peso muerto que cargamos y que nos resta aceleración, más aún si el camino que atravesamos es angosto y lleno de piedras. Con ese peso vamos más lento y cualquier cosa que sume fricción va en contra de alcanzar nuestra meta. Lo primero para sobrepasar la adversidad es ser libres de todo pecado. No somos perfectos, pero cada día debemos buscar el fundamento en la Palabra para que esos valores sean nuestra guía.

Otra condición importante es que a lo largo de una prueba, debemos confiar más en Dios. En el deporte como en la vida, sabemos que la confianza es determinante para el éxito, casi más importante que la misma condición física, porque aunque tu cuerpo esté listo, si tu mente dice que no se puede, así será. Cuando tienes un pensamiento positivo y fundamentado en las promesas de Dios, no importa lo que venga, lo que veas y lo cansado que estés. La confianza no es negociable; debemos tener fe antes, durante y después de que la situación se ponga difícil. Las fuerzas pueden acabarse, pero la confianza en Dios y en nosotros, no. Jesús sabía que después de la cruz alcanzaría la gloria, y nosotros debemos tener esa certeza del bien que viene. Debemos estar convencidos de que alcanzaremos la felicidad. Claro que nadie puede adivinar el futuro, justo por eso, debemos confiar y permitir que Dios dirija nuestra vida[1]. Todo hombre necesita la dirección del Padre, así como un atleta necesita un entrenador. Solo Él nos dará la instrucción para llegar más rápido a la meta.

¿Te gustaría vivir bien el resto de tu existencia, con riquezas y honra, sabiduría e inteligencia, disfrutando de la tierra que posees? ¡Claro que sí! Eso es lo que Dios quiere para nosotros, por eso debemos andar en Sus caminos, ya que somos coherederos de la gracia y de Su favor[2]. No debemos rendirnos y desanimarnos. El mayor enemigo para no ganar en la vida, después del pecado, es el desánimo que invade nuestras emociones, controla nuestros pensamientos, incluso afecta nuestro cuerpo. El desánimo es poderoso, capaz de hacer que un sueño se pierda y que una promesa se olvide, pero cuando cobramos ánimo y retomamos la fe en que Dios es poderoso para hacer lo imposible, ¡lo logramos!

Pidamos siempre la guía de Dios y busquemos cumplir Sus mandamientos[3]. No hay suficiente conocimiento humano que nos ayude a salir adelante, solo la sabiduría, el conocimiento  y la inteligencia que vienen de Dios pueden guiarnos. Por eso, debemos orar, interceder constantemente porque en ese momento recibimos instrucciones y nuevas fuerzas. ¡No te rindas ni te desanimes, sigue adelante! No seamos como adolescentes que se resisten a seguir instrucciones porque creen que los padres los orientan por fastidiarlos. Si queremos ser más que vencedores, debemos seguir plenamente la instrucción de Dios. El obediente es quien hace caso incluso sin comprender, como el soldado que se tiró al suelo cuando escuchó: “Pecho a tierra” y se salvó de morir en una emboscada. No pretendamos comprender las instrucciones de Dios, solo sigámoslas. Si andas preguntándole por qué te pide que sirvas, que hagas discípulos, que ames a tu pareja incluso cuando te cae mal, si pedimos explicaciones, perdemos el tiempo.

Dios es nuestro Padre, por eso nos guía y también nos corrige con amor. Él no es castigador o vengativo, sabe que el camino es angosto y difícil, por eso trata de ayudarnos. Si pasas por un momento de corrección, dale gracias porque significa que te ama. Cuando un padre dice: “Yo ya no me meto, que haga lo que se le dé la gana”, es porque ya llegó al límite de la indiferencia, porque el hijo no quiere entender y obedecer. Así que lo mejor es seguir la instrucción, recibir la corrección, y evitar el castigo poniéndonos en el camino correcto[4], según los principios de vida que nos permiten seguir adelante. Dios quiere que alcancemos Sus galardones, que conozcamos la plenitud de vivir en Cristo. La carrera no es fácil, pero la realización es alcanzable si Dios está presente, y nos enseña a través de Su Palabra. En Proverbios y Salmos encontramos sabiduría y bálsamo para nuestro corazón. Nuestro Padre quiere restaurarnos para que alcancemos una vida plena.

¡Debemos cobrar ánimo! Cuando estamos débiles, necesitamos ese empujoncito y aliento del Señor. Él quiere tener tiempo con nosotros para renovarnos, darnos nuevas fuerzas[5], porque no se cansa, es más inteligente y poderoso que nosotros. Por eso, quiere que lo busquemos para ayudarnos a recuperar el aliento y avanzar, volar como las águilas[6]. Es normal que nos cansemos, que nos debilitemos, pero no debemos perder la fe en Dios.

Si sientes que las fuerzas se te acaban, busca al Señor, quien te dará nuevo impulso para que tu matrimonio sea exitoso y tu vida pase de la derrota a la victoria; tu empresa en quiebra prosperará, un sueño pequeño se convertirá en grande. Quienes confiamos en Él siempre tendremos nuevas fuerzas y podremos alcanzar lo que anhelamos. Suelta toda carga, angustia y preocupación, mira las promesas, no dejes de creer. Talvez vino debilidad y pecado, pero es tiempo de que tomemos el camino correcto, conforme al propósito de Dios. Dile: “Padre, en cada paso confiamos en Tu poder, autoridad y dominio sobre toda cosa creada, sobre toda persona, situación y problema. Declaramos que tienes pleno control, que fortaleces nuestra mente y corazón. La fe en ti nos llena, aún en medio de la dificultad, sabemos que nos das fuerzas y victoria.”


[1] Proverbios 20:24: Nadie sabe cuál será su futuro; por eso debemos dejar que Dios dirija nuestra vida.

[2] Deuteronomio 5:33: Andad en todo el camino que Jehová vuestro Dios os ha mandado, para que viváis y os vaya bien, y tengáis largos días en la tierra que habéis de poseer.

[3] Salmo 119:133 (TLA): Guíame, como lo has prometido; ¡yo quiero cumplir tus mandamientos! No dejes que me maltraten, ni me dejes caer en la maldad.

[4] Hebreos 12:1-11: ¡Todas esas personas están a nuestro alrededor como testigos! Por eso debemos dejar de lado el pecado que es un estorbo, pues la vida es una carrera que exige resistencia. Pongamos toda nuestra atención en Jesús, pues de él viene nuestra confianza, y es él quien hace que confiemos cada vez más y mejor. Jesús soportó la vergüenza de morir clavado en una cruz porque sabía que, después de tanto sufrimiento, sería muy feliz. Y ahora se ha sentado a la derecha del trono de Dios. Piensen en el ejemplo de Jesús. Mucha gente pecadora lo odió y lo hizo sufrir, pero él siguió adelante. Por eso, ustedes no deben rendirse ni desanimarse, pues en su lucha contra el pecado todavía no han tenido que morir como él. Pero ustedes parecen haberse olvidado ya del consejo que Dios les da a sus hijos en la Biblia: «Querido jovencito, no tomes las instrucciones de Dios como algo sin importancia. Ni te pongas triste cuando él te reprenda. »Porque Dios corrige y castiga a todo aquel que ama y que considera su hijo.»Si ahora ustedes están sufriendo, es porque Dios los ama y los corrige, como si fueran sus hijos. Porque no hay un padre que no corrija a su hijo. Si Dios no los corrige, como lo hace con todos sus hijos, entonces ustedes no son en verdad sus hijos. Cuando éramos niños, nuestros padres aquí en la tierra nos corregían, y nosotros los respetábamos. Con mayor razón debemos obedecer a Dios, que es nuestro Padre que está en el cielo, pues así tendremos vida eterna. Cuando éramos niños, nuestros padres nos corregían porque pensaban que eso era lo mejor para nosotros. Pero Dios nos corrige para nuestro verdadero bien, para hacernos santos como él. Desde luego que ningún castigo nos gusta en el momento de recibirlo, pues nos duele. Pero si aprendemos la lección que Dios nos quiere dar, viviremos en paz y haremos el bien.

[5] Hebreos 12:12 (TLA): Por todo eso, no debemos dejar de confiar totalmente en Dios. Si la vida es como una carrera, y ustedes tienen ya cansadas las manos y débiles las rodillas, cobren nuevas fuerzas.

[6] Isaías 40:28-31 (TLA): Tú debes saber que Dios no se cansa como nosotros; debes saber que su inteligencia es más de lo que imaginamos. Y debes saber que su poder ha creado todo lo que existe. Dios les da nuevas fuerzas a los débiles y cansados. Los jóvenes se cansan por más fuertes que sean, pero los que confían en Dios siempre tendrán nuevas fuerzas. Podrán volar como las águilas, podrán caminar sin cansarse y correr sin fatigarse.

 

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