Dios nos ha dado una medida de fe a cada uno, pero también es posible sumar la fe de todos para alcanzar bendición. El nuevo templo que construimos en Casa de Dios es consecuencia de una fe corporativa porque todos nos unimos y creímos, así que podemos dar testimonio de que todo es posible para quienes creen y se esfuerzan.

En la Palabra leemos el milagro del paralítico que se logró gracias a la ayuda de cuatro amigos que abrieron un hoyo en el techo de la casa donde estaba Jesús y lo bajaron por ahí para que Él pudiera sanarlo[1]. Hay personas que no llegarán a Jesús por sí mismas, sino a través de amigos que estén dispuestos a cargarlos. Tu familia llegará a Jesús si haces algo para llevarlos y mejor si te pones de acuerdo con otros amigos y familiares para que te ayuden. Talvez para el paralítico no fue fácil permitir que lo llevaran en la camilla, talvez tuvieron que convencerlo porque los argumentos siempre se presentan: “¿Qué pasa si me botan? ¡Vieron, ni siquiera se puede entrar!…” Pero si de verdad eres amigo, dirás: “¿Qué más te puede pasar?, peor no puedes estar”. ¡Tú puedes ser el instrumento para que alguien más reciba su milagro!

Jesús vio la fe de los amigos del paralítico y lo sanó, es decir que podemos bendecir a alguien más. Unámonos para pedir por la necesidad de otros. Ora a solas, pero también en unidad con otros para lograr más en la empresa, en la familia, en la iglesia. Activemos nuestra fe corporativa. Los cuatro amigos del paralítico no eran sacerdotes, profetas o personas eminentes, eran personas sencillas, seguramente trabajadores como muchos otros, pero tenían una fe poderosa y eran jóvenes porque se animaron a hacer algo fuera de lo común. Ellos nos muestran un Evangelio urbano, que se manifiesta en la calle, en las casas, en la comunidad, un Evangelio que no necesita hablarse de forma extraña, con traje o corbata, para que Jesús se manifieste con poder, es el Evangelio que se comparte con naturalidad para obrar lo sobrenatural a través de milagros, señales y prodigios en todo lugar, por medio de cada uno de nosotros. Estamos a punto de ver cosas que no hemos visto porque el Evangelio del Señor será escuchado y visto en cada rincón, en cada casa y familia.

Este Evangelio nos revela que tierra y cielo están vinculados. Lo que hacemos en la tierra provoca que suceda algo en el cielo. El libro de Apocalipsis dice que la oración de los justos, acá en la tierra, es el incienso en el cielo, así que podemos enviar cosas al cielo, ¡nuestras oraciones y acciones son poderosas! Por cada pecador que se arrepiente en la tierra, hay una fiesta en el cielo. Arcángeles y querubines cantan cuando alguien invita a un amigo que recibe a Jesús en su corazón. Lo que hacemos en la tierra provoca la reacción de Dios, por eso debemos amar, favorecer y perdonar, porque los principios bíblicos aseguran que es el Señor quien toma acción en los asuntos que ponemos en Sus manos. Así que debemos atar y desatar en la tierra con amor para que el cielo responda con bendición.

Perdonemos y mantengamos la unidad entre nosotros porque es determinante vivir en armonía, sin contiendas y con humildad, de lo contrario, será imposible fortalecer nuestra fe y pedir con autoridad lo que deseamos que sea realidad en nuestra vida[2]. Jesús aseguró que estaría donde dos o más se congregaran en Su nombre, así que el problema no es que Dios esté donde nos reunamos, sino que lo hagamos con el corazón correcto, sin rencores, con perdón y buena disposición. Pongámonos de acuerdo para pedir al Señor, porque la promesa es que veremos Su poder y misericordia si nos unimos, eso es fe corporativa, creer juntos por el milagro de alguien más y por la bendición de todos. Oremos: “Gracias, Padre, por esta fe corporativa, porque juntos podemos lograr proezas en Tu nombre. Escúchanos, estamos unidos, cumplimos Tu Escritura, nos ponemos de acuerdo para que Tú hagas la obra. Oramos por la sanidad, por la unidad familiar, reprendemos al espíritu de división y de muerte, declaramos que no hay más pobreza y necesidad en nuestra casa porque viene Tu bendición y bienestar total. En el nombre poderoso de Jesús, damos gracias porque proveerás en todas las áreas y darás paz.”

Seamos constantes en nuestra fidelidad al Señor y a Sus enseñanzas. La inconstancia, la fluctuación o variación reflejan falta de fe, provocan inseguridad y duda. Debemos estar firmes, especialmente en nuestras buenas obras. Jesús dice que congregarnos es poderoso, y nos aconseja que no dejemos de hacerlo, ya que unirnos nos ayuda a mantenernos firmes en la fe[3]. Ninguna circunstancia debe obstaculizar que nos congreguemos para alabar a Dios y aprender de Sus enseñanzas.

Demos gracias a Jesús porque a pesar de nuestras debilidades, no se avergüenza de llamarnos hermanos[4]. Nos equivocamos constantemente, pero Jesús declara que somos parte de Su familia, nos ama tal como somos, y se congrega con nosotros para unirse a la alabanza, la adoración y las peticiones al Padre. ¿Por qué no alabarás y adorarás tú, si Jesús lo hace? Congregarnos es importantísimo, no descuides esa buena costumbre que debe convertirse en buen hábito.

Congrégate todos los domingos sin importar las circunstancias, porque de ello depende tu vida de fe y los resultados que alcances en todo sentido. Ponte a cuentas con quienes has ofendido, perdona las ofensas, fortalece tu fe para acercarte a adorar al Señor y hacer obra poderosa en Su nombre. ¡Necesitamos una fe urbana, corporativa y de limpio corazón que agrade a Dios y lo mueva a bendecirnos!

[1] Marcos 2:3-12: Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Estaban allí sentados algunos de los escribas, los cuales cavilaban en sus corazones: ¿Por qué habla éste así? Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios? Y conociendo luego Jesús en su espíritu que cavilaban de esta manera dentro de sí mismos, les dijo: ¿Por qué caviláis así en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir al paralítico: Tus pecados te son perdonados, o decirle: Levántate, toma tu lecho y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados (dijo al paralítico): A ti te digo: Levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Entonces él se levantó en seguida, y tomando su lecho, salió delante de todos, de manera que todos se asombraron, y glorificaron a Dios, diciendo: Nunca hemos visto tal cosa.

[2] Mateo 18:18-22 asegura: De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo. Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete.

[3] Hebreos 10:23-25 enseña: Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió. Y considerémonos unos a otros para estimularnos al amor y a las buenas obras; no dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos; y tanto más, cuanto veis que aquel día se acerca.

[4] Hebreos 2:11-12 asegura: Porque el que santifica y los que son santificados, de uno son todos; por lo cual no se avergüenza de llamarlos hermanos, diciendo: Anunciaré a mis hermanos tu nombre, en medio de la congregación te alabaré.

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