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Las Escrituras están llenas de hermosas promesas, pero hay una que ha marcado especialmente mi vida y es que Dios siempre estará con nosotros[1]. No dijo que sería la mayor parte del tiempo o de vez en cuando, dijo: “Siempre estaré”. Y lo he comprobado en todo momento, porque donde quiera que voy, Él siempre está conmigo y también está contigo. Él nos ayuda, nos apoya, especialmente cuando compartimos Su Palabra. Cuando uno se dedica a predicar, hay persecución, a veces se siente como si el infierno se desatara sobre uno, pero tengo la convicción de que el Señor está conmigo y confío ciegamente en esa promesa.

Uno de los profetas que me habla al respecto es Elías, de quien se dice que era hombre sujeto a las mismas pasiones que nosotros, sin embargo, tenía gran poder y fue uno de los profetas más importantes para la historia del pueblo de Dios[2]. Y decir que fue un hombre como nosotros es la clave, porque lo que Dios hizo con Elías lo puede hacer contigo; tenemos la misma naturaleza, y su historia está escrito para inspirarnos. Veamos tres situaciones de la vida de este hombre.

Dios cuidó de Elías en tiempo de hambruna. Y siempre estaré contigo, ¡no te preocupes! Pero que Dios estuviera con él, no significó que Elías viviera cómodo y tranquilo, al contrario, pasó aflicción, tiempos de escasez. A veces hay bendición y a veces no, a veces un amigo te abandona, algo ocurre y lo que estaba tan bien se pone mal, pero Dios sigue ahí, a tu lado, esperando que lo busques, que corras hacia Él y le digas: “Tú eres lo primero en mi vida”. Cuando finalmente me gradué y me establecí, Dios me pidió: “Deja todo y ve a Rusia”. Fue un cambio dramático, de nuevo inestabilidad e incertidumbre, pero Él siempre estuvo presente, nunca nos faltó nada. Si tu arroyo se seca, siempre habrá provisión. Nunca pienses que te ha abandonado, hay bendición en camino y es mejor que la anterior. Leemos en la Palabra que cuando el profeta obedeció y fue a Sarepta, Dios hizo una obra milagrosa que fue suficiente para alimentar a varios, no solo a Elías[3]. Así es Dios, quiere llevarte a mayor bendición, hay que confiar totalmente en Sus promesas, incluso cuando el arroyo se seca. Cuando alguien amado te abandona, cuando parece que no hay solución significa que Él proveerá de forma sobrenatural y esa provisión servirá para bendecir a muchos.

Elías vivió un tiempo terrible en la historia de Israel. El rey estaba casado con una bruja, así que el llamado de Elías era traer al pueblo de vuelta la Señor. El rey y su reina, Jezabel, lo detestaban. Entonces, Dios le dio una idea: que reuniera a todo el pueblo en el monte Carmelo y lanzara un desafío a los 450 profetas de Baal[4]. El dios que enviara fuego para consumir la ofrenda sobre el altar sería el verdadero.

Los primeros en orar por fuego fueron los profetas de Baal. Lo hicieron durante horas, incluso se cortaban y la sangre corría, pero nada ocurrió. Mientras intentaban, Elías se les acercaba y se burlaba. El pueblo seguro le decía que se tranquilizara, que podrían matarlo, pero su confianza era grande, tanto que cuando le tocó el turno de pedir fuego a Dios para consumir la ofrenda, se envalentonó y pidió que llenaran el altar con agua. Él no era un loco desquiciado, era un hombre cumpliendo su llamado, un hombre lleno de unción, del poder del Espíritu Santo, por lo que sentía un denuedo sobrenatural.

Cuando me nombraron pastor general de la iglesia, yo nunca había predicado y tenía tanto miedo que mi garganta estaba seca, pero cuando al terminar la alabanza, no tuve más remedio que pararme frente al púlpito; en ese momento, el Espíritu Santo tomó el control y me llenó de tal forma que me sentí como un león, como Elías, me determiné a predicar y viví la promesa: “No temas, Yo estaré contigo”. Cuando estás cumpliendo con lo que Dios te manda hacer, la unción del Espíritu Santo estará contigo y harás cosas que nunca imaginaste. Ser humilde ante tu llamado es bueno. Dios te enviará hacer cosas que pensarás imposibles, pero con humildad, debes lanzarte, asumir el desafío. Solo quien le obedece experimenta el valor que Elías vivió. Siempre, frente a cada desafío, Dios me recuerda que está conmigo. Cuando estás donde Dios te ha enviado, te da el poder que necesitas para hacer Su obra. Aunque sientas que son 450 en tu contra, Aquel que es mayor vive en ti y te da la victoria. Elías salvó el día porque confió ciegamente en Dios. Cayó fuego del cielo y consumió el holocausto[5]. El Señor te promete estar siempre contigo y así será.

Dios también está contigo cuando estás bajo ataque. La reina Jezabel, enfurecida con la victoria de Elías, juró matarlo. El profeta tuvo miedo y se escondió. ¡¿Cómo pudo ser?! Él era el súper hombre, el profeta de fuego y huía por su vida. Él no debió reaccionar así, sabía que debía atar el espíritu jezabélico en el nombre del Señor, pero no lo hizo. Esa mujer era una bruja de primera con poderes espirituales y lo abrumó. Así que él pensaba: “Soy un fracaso, nada de lo que he hecho vale la pena, prefiero morir”. Elías se sentía débil, pero Dios no lo rechazó, no se avergonzó de él, ni lo abandonó, al contrario, se tomó el tiempo de buscarlo y hablarle: “Elías, las cosas no han terminado, tu vida no terminará así, aún hay cosas que quiero que hagas, hay profecías que declarar, personas a quien ungir. Rompe toda maldición de Jezabel”.

Sé que te sientes quebrantado, pero tu historia no ha terminado. Avanzarás en carroza de fuego cuando cumplas con tu llamado. ¡Jezabel no se saldrá con la suya! El ángel le dio pan y agua a Elías, símbolo de la Palabra y del Espíritu de Dios, y le dijo: “Come”[6]. No llegó para consolarlo sino para nutrirlo e hidratarlo con el agua de la vida y lo mismo sucede contigo. Cuando sientas que no hay salida, Dios te llenará de nuevo, será como volver a comenzar, como hacer borrón y cuenta nueva, ¡te dará nuevas fuerzas! Dios sabe tu condición actual, sabe cómo encontrarte y cumplir Sus promesas. Cuando algo que amas desaparece, Él te dice: “Yo te daré algo mejor”; cuando la maldición te ataque, cuando solo veas tinieblas y oscuridad, confía porque Él vendrá con Su Palabra y Espíritu para levantarte.

No es algo para jactarnos, es una promesa para confiar y avanzar. Dale gracias al Padre, ya que no te abandona; Su Espíritu te consuela y fortalece. El Señor da fuerza para quienes han perdido a alguien o algo, para quienes están encontrando su llamado. Recobra el ánimo, tu Padre te sustenta y acompaña en toda situación.


[1] Mateo 28:20: Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.

[2] Santiago 5:16-18: Confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.

[3] 1 Reyes 17:1-15: Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab: Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra. Y vino a él palabra de Jehová, diciendo: Apártate de aquí, y vuélvete al oriente, y escóndete en el arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer. Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová; pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán. Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo. Pasados algunos días, se secó el arroyo, porque no había llovido sobre la tierra. Elías y la viuda de Sarepta. Vino luego a él palabra de Jehová, diciendo: Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente. Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba. Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano. Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir. Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra. Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días.

[4] 1 Reyes 18:20-22: Entonces Acab convocó a todos los hijos de Israel, y reunió a los profetas en el monte Carmelo. Y acercándose Elías a todo el pueblo, dijo: ¿Hasta cuándo claudicaréis vosotros entre dos pensamientos? Si Jehová es Dios, seguidle; y si Baal, id en pos de él. Y el pueblo no respondió palabra. Y Elías volvió a decir al pueblo: Sólo yo he quedado profeta de Jehová; mas de los profetas de Baal hay cuatrocientos cincuenta hombres.

[5] 1 Reyes 18:38-39: Entonces cayó fuego de Jehová, y consumió el holocausto, la leña, las piedras y el polvo, y aun lamió el agua que estaba en la zanja. Viéndolo todo el pueblo, se postraron y dijeron: ¡Jehová es el Dios, Jehová es el Dios!

[6] 1 Reyes 19:3-7: Viendo, pues, el peligro, se levantó y se fue para salvar su vida, y vino a Beerseba, que está en Judá, y dejó allí a su criado. Y él se fue por el desierto un día de camino, y vino y se sentó debajo de un enebro; y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come. Entonces él miró, y he aquí a su cabecera una torta cocida sobre las ascuas, y una vasija de agua; y comió y bebió, y volvió a dormirse. Y volviendo el ángel de Jehová la segunda vez, lo tocó, diciendo: Levántate y come, porque largo camino te resta.

 

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