Resolviendo conflictos

Enfrentemos los desacuerdos con un corazón pacífico y humilde; perdonemos para ser aprobados.

 

Los conflictos son inevitables, por lo que debemos aprender a manejarlos y resolverlos de acuerdo a lo que nuestro Señor nos enseña, de lo contrario, acabamos en violentas guerras como las que el mundo ha sufrido y sufre. Si realmente anhelamos la paz, debemos comenzar por nuestra casa, por nuestra familia. ¡Hay hogares que viven en una batalla continua! En esa situación, no podemos decir que oramos por la paz entre países. Así que lo primero es ver la paja en nuestro ojo, antes de ver la paja en el ojo ajeno. Si eres de esas personas conflictiva que todo lo hace problema, ¡cambia de actitud!

 

Sabemos que un conflicto es oposición o desacuerdo, es pleito, enfrentamiento entre dos personas o partes en un juicio, es una diferencia de opiniones o de intereses. Es división, por eso la Palabra pregunta: ¿Cómo caminarán dos si no se ponen de acuerdo? Claro que es imposible, porque dos puntos de vista sobre algo deben integrarse y conciliarse para buscar acuerdos y vivir en paz. De lo contrario, vienen los conflictos. Todo parece que se resume en ver quién tiene la razón, pero esa forma de relacionarnos debe transformarse en tolerancia y búsqueda de acuerdos.

 

Generalmente los conflictos surgen por la diferencia entre nuestras expectativas y lo que realmente obtenemos en nuestras relaciones personales. Esto es lo que se llama la ley de 80-20. Cuando iniciamos un noviazgo o un matrimonio, por ejemplo, nuestra expectativa es que recibiremos 100% de la otra persona, pero realmente recibimos 80%, cuando bien nos va, así que la frustración por ese 20% que falta nos hace entrar en conflicto, sin darnos cuenta que esto es natural. Algunos dejan esa relación que piensan fallida e inician otra, solo para darse cuenta que sucede lo mismo, ya que ninguna relación será perfecta, por eso, hay que aprender a ceder, adaptarnos y ponernos de acuerdo para disminuir el conflicto. De lo contrario, inician pleitos en los que siempre resultan lastimadas personas inocentes. Alguna vez escuché que una guerra es un conflicto en el que se matan los que no se conocen para que no se maten los que se conocen. ¿Qué culpa tienen los hijos de los conflictos de los padres? No son simplemente daños colaterales, son graves consecuencias de nuestra falta de madurez para resolver conflictos.

 

Otra razón por la que surgen los conflictos es la codicia por lo ajeno. Santiago lo dice muy claro: se combate y se lucha porque no se tiene lo que se desea[1], y esto sucede porque no le pedimos con fe a nuestro Padre, quien puede darnos lo que tiene para nosotros.

 

Somos espíritu y carne que se oponen todo el tiempo, es decir que viven en conflicto. El espíritu dice: “Perdona”, mientras la carne dice: “No seas baboso”. La lucha es tal por dominar la conducta que Pablo, desesperado, se preguntó hasta cuándo sería liberado de la carne que nos lleva a enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, envidias, adulterio y fornicación, todos grandes problemas en las relaciones personales. Así que si todo el tiempo tienes conflictos con las personas que te rodean, debes comprender que caminas en la carne y necesitas aprender a caminar por el espíritu, cuyos frutos son amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe mansedumbre y templanza[2], ¡todas las virtudes que se necesitan para eliminar los conflictos y disfrutar de relaciones estables!

 

Si realmente das frutos del espíritu, aunque la persona con la que convives no haya nacido de nuevo, tú le brindarás un beneficio, porque aquel que te maldice recibirá bendición de tu parte. Así cambiamos los daños por los beneficios colaterales. Ya ves, el problema no es cómo tratar a tus amigos, sino a tus enemigos. Debemos ser productores de beneficios colaterales en la sociedad. Si alguien te enfrenta a un conflicto, tú debes buscar soluciones pacíficas. Fuimos llamados a libertad para servir con amor, no para destruirnos[3].

 

La Palabra asegura que las divisiones y disensiones son necesarias, ¿qué significa eso? Pues que el Padre reconoce nuestra humanidad y sabe que las relaciones personales son complicadas, por lo que en esos conflictos inevitables es posible conocer el corazón de cada uno y ver quién sale aprobado[4] por su tolerancia y esfuerzo de vivir en paz. Para bailar, para amar y pelear se necesitan dos personas, así que si alguien ocasiona una contienda, se volverá pleito si otra persona acepta ese reto, entonces, se puede ver quién actúa con paciencia y actitud de perdón. Si hay disensiones debes salir aprobado en cualquier área, en el matrimonio, con tus padres y tus hijos, con tus compañeros de trabajo, donde sea. El problema no es que existan conflictos, sino cómo se resuelven. Además, es importante que al resolver el conflicto, de verdad lo superes porque se debe perdonar de corazón. Es posible lograrlo si caminamos en amor. Jesús fue maestro para resolver conflictos y perdonar. Incluso en la cruz, dijo: “Perdónalos, no saben lo que hacen”. Fue intercesor en medio del conflicto que pudo surgir por la infamia de los hombres. Lo mismo debemos decir cuando alguien busque provocarnos: “Te perdono, no sabes lo que haces, pero yo sé exactamente qué debo hacer y no debo pelear”.

 

Jesús incluso en este tema del conflicto nos enseña a dar más de lo que nos piden. Si te piden llevar la carga una milla, llévala dos millas, y bendice a los que te maldicen[5]. Ya no llores por lo que te deben, supéralo. Si te pegan en una mejilla, pon la otra, porque el ardor de la mejilla no es lo que realmente duele, sino la ofensa en el corazón; pero cuando voluntariamente pones la otra mejilla, tu corazón sana porque doblegas tu orgullo, tu carne y comienzas a vivir apasionado por Cristo, encendido en el fuego de Espíritu Santo. Es innegable que las ofensas duelen, pero no deben herirnos, no le pongas atención a quien te hace mal o te difama, ponle atención a quien te hace bien y te ama. Si te ponen a pleito por la túnica, dales la capa porque cuando tu Padre te restituya, ¡estrenarás el doble!

 

Sobre el perdón, vemos que debemos perdonar hasta siete veces[6], pero luego, Jesús le dijo a Pedro que debía perdonar hasta setenta veces siete, porque si le decía que eran solo siete veces, seguramente todos esperaríamos ansiosamente a la octava vez que nos ofenden para no perdonar. ¡No hay conflicto que perdure más de cuatrocientos noventa veces! Dios es bueno, nos perdona, así que perdonemos, ya que de nada sirve seguir la ley si nuestro corazón está amargado. Nuestro Padre quiere que tengamos un corazón libre y sano, capaz de compartir el perdón y el bien que recibimos. Y para lograrlo, cierra tus ojos, imagina ese momento de conflicto que te ha afectado tanto y reviértelo, en vez de palabras que hieren, di a la otra persona palabras de bendición, declara paz, y  dile al Señor: “ gracias por Tu Palabra que guarda y cuidad mi alma y mi mente en paz. Declaro que soy más que vencedor en este conflicto y que ambas partes saldremos aprobadas, con Tu ayuda”.


[1] Santiago 4:1-3 asegura: ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros? Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

 

[2] Gálatas 5:16-23 afirma: Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley.

 

[3] Gálatas 5:13-15 enseña: Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os coméis unos a otros, mirad que también no os consumáis unos a otros.

 

[4] 1 Corintios 11:18-19 explica: Pues en primer lugar, cuando os reunís como iglesia, oigo que hay entre vosotros divisiones; y en parte lo creo. Porque es preciso que entre vosotros haya disensiones, para que se hagan manifiestos entre vosotros los que son aprobados.

 

[5] Mateo 5:40-44 solicita: Y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;

 

[6] Lucas 17:34 aconseja: Mirad por vosotros mismos. Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale.

 

 

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