Sabemos de muchas personas que han tenido oportunidad para realizar excelentes acciones de amor. En nuestros grupos de amistad, hemos sido testigos de asombrosas expresiones de servicio y entrega. Amigas que se han cuidado durante alguna enfermedad, líderes que compran víveres y lo llevan a quienes el Señor les indica, otros que le regalan la boda de sus sueños a una pareja que ha ofrendado lo que habían ahorrado para su matrimonio, incluso algunos que han donado su riñón para salvar la vida de alguien a quien casi no conocen. El modelo de Jesús nos enseña a estar dispuestos para ayudar cuando se necesita, siempre fundamentados en el amor al prójimo, porque eso es lo que Dios nos enseña: amarnos, cuidarnos unos a otros. Hacer sentir acompañada y reconfortada a otra persona es bello y es lo que debemos procurar. El amor es la fuerza que nadie resiste, por eso, incluso las personas duras y amargadas no resisten la fuerza del amor.

De hecho, lo que nos delata como cristianos es el amor, no los cantos en una reunión dominical. Cuando te preguntan: “¿Cómo puedes perdonar a esa persona por lo que te hizo?” Pues simplemente porque Dios es amor y nos dijo que amemos incluso a nuestros enemigos. Amar es una acción que se ejercita porque avanzamos en la forma de expresarlo. Es un proceso que inicia con amar a los más cercanos, nuestros hijos, nuestros padres y cónyuge, para luego extenderse incluso a quienes no conocemos y a quienes nos hacen daño. Muchas veces decimos que somos capaces de morir por alguien, aunque realmente es más difícil vivir por alguien, ya que requiere amor comprometido y persistencia. Mi mamá me dijo: “Ama hasta que te duela, porque cuando te duele algo que te hacen es cuando el amor se prueba.” Y tenía razón, porque las ofensas duelen cuando vienen de personas que amamos y es cuando toca demostrar que nuestro amor es fuerte. Cuando Dios nos pide que nos amemos, se refiere, por supuesto, a una interacción que implica cuidar, atender, perdonar y dar.

Para que las personas crean en Jesús, necesitamos reflejar y compartir Su amor. El Padre y el Hijo son uno, pero también desean ser uno con nosotros. Dios es amor, por eso Jesús enseñaba y daba amor. Cuando los discípulos le pidieron que les mostrara al Padre, Él dijo que ya lo había hecho durante todo ese tiempo que los había amado. Amar es la única forma de enseñar sobre Dios a otros. Es como sufrir una metamorfosis que nos perfecciona como personas. Los niveles del amor son como el café que tomamos y que puede variar en intensidad. Podemos amar con fuerza como si tomáramos un café expreso, o bien brindar un amor más diluido como un café americano; también podemos ofrecer un amor especial y saborizado como un capuchino con almendras; incluso, a veces, amamos con poca intensidad como ese café ralo sin sabor que parece agua de calcetín, pero la esencia es la misma y lo mejor es incrementar la intensidad. Si tienes tus momentos de amor “ralo como agua de calcetín”, recuerda guardar la esencia y fortalecerlo.

Hay otra cuestión a considerar respecto al amor, y es evitar pasarnos al lado oscuro, es decir, ser tan posesivos con el ser amado que nos volvemos egoístas. En ese caso, más que amar, buscamos ser amados. Si nos quejamos: “No me quieren, no me llaman, no me acompañan”, estamos siendo demandantes. Cuando quieres ser amado comienzas a juzgar mal el amor. Si amas de verdad, no demandas, sino que estás concentrado en ofrecer el amor que anhelas dar. ¿Es mejor amar o ser amado? ¡Claro que es mejor amar!

Si Dios es amor, si Jesús es amor, debemos evolucionar para también ser amor, no solo realizar actos de amor, sino evolucionar de tal manera que podamos amar todo el tiempo, veinticuatro horas, siete días a la semana, a pesar de todo y a todos. ¡Sigue amando, ya que es la única fuerza que mantiene saludable el corazón! Vence todo el temor y el rechazo. Cuando nos apartamos del amor, literalmente, nos alejamos de la luz y caemos en las tinieblas. La Palabra dice que quien no ama, no conoce a Dios porque Él es amor y debemos reflejarlo unos con otros. Si Dios es amor y el que no ama no conoce a Dios, significa que solo el que ama conoce a Dios y ha nacido de nuevo a la vida eterna. En conclusión, ¡el que no ama no ha sido salvo! Por lo tanto, es determinante amarnos unos a otros, tal como son. No puedes amar solo a quienes comparten tu fe, sino a todos, tal como Dios ama. La Palabra dice que nadie ha visto a Dios, pero si Él permanece en nosotros, los demás verán a Dios a través de nosotros.

Si dices que amas a Dios, pero aborreces a tu hermano, mientes, porque realmente no amas al Señor. También sucede al contrario, puedes decir que no amas a Dios, pero si amas a todos, realmente estás amando al Señor. Por lo tanto, las obras dicen más que las palabras. Puedes decir: “Que Dios te bendiga”, pero si no haces algo porque esa bendición sea una realidad, no estás cumpliendo el mandamiento de amar y no demuestras tu fe.

Amar es servir a los demás. Cuando sirvo a alguien estoy siendo fiel en el amor porque la fidelidad tiene que ver con el servicio que ofrecemos. Otras personas deben dar testimonio del amor que nosotros ofrecemos, incluso a los desconocidos. Amar es algo serio. Encuentra a quién amar y encontrarás quién te ame. Muchas veces, el Señor pone a tu lado la oportunidad para amar, servir a tu prójimo y cambiar al mundo. Si aprendemos a amar, el egoísmo desaparecerá, porque el amor elimina la maldad. De tal manera nos amó Dios que entregó a Su Hijo, así que debemos entregarnos por amor.

Cuando Dios habló de amar al prójimo, lo dijo en serio, ¡no más palabras y más acciones! Jesús no andaba diciendo “Te amo” por todas partes, porque expresó Su amor con acciones. Busca a alguien y pregúntale cómo puedes ayudarla y servirle. Despídete del egoísmo, porque desde ahora serás movido a misericordia y te interesarás por demostrar tu amor con acciones, incluso con aquellos que no conoces, pero ves necesitados de tu atención y servicio. ¡Aprendamos a ver a todos como ángeles enviados por Dios para amar y bendecir!

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