Dos testimonios

CONÓCENOS

Nuestro testimonio tiene poder. Ya sabemos que las palabras son poderosas y más aún cuando las usamos para hablar de las maravillas que el Señor ha obrado en nuestra vida, porque testificar es una valiosa y eficaz forma para compartir sobre Jesús. Las personas no esperan un teólogo que les hable conceptos de Dios, esperan personas que tengan un testimonio qué contar para alentarlos a no perder su fe y esperar lo que tanto desean recibir. Nuestro Padre nos ha enviado al Espíritu Santo y espera que le seamos testigos[1]. Nosotros no somos testigos de la resurrección de Jesús o de Lázaro porque no estuvimos allí para verlo, pero lo creemos porque la Palabra de Dios lo dice, y esa fe es la que nos mueve a ver milagros aquí y ahora, esos milagros de los que sí podemos dar testimonio. Cuando el Espíritu de Dios quiere sacar una ola de testimonios, unge a las personas para que seamos testigos de las maravillas que sucederán.

A través de nuestro testimonio, demos gracias al Señor por Su sangre y por Su sacrificio[2]. A medida que testificas de lo que Jesús hizo en tu vida, más cerrada mantienes la puerta al diablo y al pecado. Cuando dejamos de testificar, nuestra pasión disminuye y pareciera que las tentaciones cobran fuerza. Hace un tiempo, una señora que al entregarle su vida al Señor daba testimonio con entusiasmo, me dijo: “No dejes esa pasión con la que compartes sobre Jesús. Yo era así, pero la gente me presionaba preguntándome si sabía de Escrituras, entonces me puse a estudiar. No tenía tanto conocimiento, pero tenía amor para testificar, ahora tengo mucho conocimiento, pero sin más testimonio qué compartir”. Mi conclusión es que debemos tener conocimiento de la Palabra de Dios para compartirla y ¡también dar testimonio!

Cuando Jesús sanó a un leproso, le pidió que no lo divulgara porque sería imposible atender a todas las personas que se le acercarían necesitadas de un milagro, sin embargo, el leproso no obedeció y sucedió lo que Jesús había dicho, ¡ya no podía entrar en la ciudad porque demasiadas personas se le acercaban![3] Por eso era necesario que Jesús formara discípulos que le ayudaran a bendecir a las personas. Así que a más discípulos, más milagros. Eso es genial porque si estamos llamados a ser discípulos de Cristo, estamos llamados a obrar con el poder del Espíritu Santo.

Además, Jesús le pidió al leproso que cumpliera la ley, presentándose al sacerdote y entregando la ofrenda estipulada, ya que eso sería la mejor forma de testificarle a ellos. Por otro lado, Timoteo enumera las características que deben tener los obispos y ministros, pero estas características aplican a todos: irreprensibles, sobrios, prudentes, fieles, amables, apacibles, sin avaricia, y especialmente, que tengamos buen testimonio[4].

Entonces vemos dos tipos de testimonio, uno enfáticamente destinado a mostrar una conducta específica, y el otro implícito en un ejemplo de vida. Ambos testimonios son necesarios, pero también es necesario compartir verbalmente nuestra experiencia, ya que buena conducta tiene hasta un ateo, de hecho, conozco varias personas que se portan mejor que algunos evangélicos. Por lo que es importante que declaremos nuestra fe con palabras y obras, porque sabemos que recibimos salvación por la gracia de Dios y por el sacrificio de Jesús, no por nuestra conducta. Cuando recibí a Jesús en mi corazón, yo fumaba, pero no era drogadicto o borracho. Era un pecador con buenos modales que vivía entre lo bueno y lo malo. No le hacía daño a nadie, pero al decidir que le entregaría mi vida, lo hice radicalmente. Comencé a obedecer todas Sus instrucciones. Si la Palabra dice que debo diezmar, lo hago y se acabó el problema. Si dice que debo compartir Su mensaje, a eso me dedico. Compré la mejor Biblia que pude pagar y también compré trataditos que le regalaba a las personas. ¿Cómo no hacerlo, si Dios llenó el vacío en mi corazón de una forma sobrenatural? Así que mi meta era que mucha gente recibiera a Cristo, por lo que testificaba en todo momento. ¿Sabes cuánta esperanza genera un testimonio? No importa qué tan grande o pequeño crees que es, ¡tu testimonio es valioso! Yo no podía decir que había salvado mi vida de las drogas, del abuso o de experiencias extremas, solo podía decir que me había llenado, que había perdonado mis pecados y que de esa forma había cambiado mi vida. Tienes un testimonio que compartir. ¡Recobra la pasión por hablar sobre lo que Jesús ha hecho en ti!

El milagro de sanidad del ciego de nacimiento también nos enseña mucho sobre dar testimonio. Este joven fue enviado a lavarse los ojos en un estanque, ya que Jesús hizo lodo con Su saliva y se la untó[5]. Luego viene lo maravilloso. El joven recibe la vista y los demás comienzan a hacerle preguntas. Entonces, con sus sencillas palabras, el joven nos comparte el ABC de testificar: ser auténtico, breve y cristocéntrico. Nada de darle protagonismo al diablo enfatizando lo malo, sino que debemos darle el protagonismo a Jesús, compartiendo lo bueno que ha hecho.

Este milagro provocó gran controversia porque era día de reposo, pero el joven que recibió sanidad insistía en que Jesús lo había sanado y eso era lo importante[6]. Tu testimonio puede edificar y también causar disensión. A algunos duros de corazón les interesan más la forma que el hecho en sí. Incluso llamaron a los padres para que también testificaran, pero ellos, temerosos, delegaron la responsabilidad en su hijo. No tengas miedo de dar tu testimonio, que no te importe lo que otros piensen o critiquen, porque lo importante es que Jesús vea que eres fiel y obediente.

El joven ciego insistía en que no sabía nada más que era ciego y Jesús lo había sanado. Y de esa forma demostró que tenía más revelación que aquellos engreídos, conocedores de la ley[7]. Lo mismo sucede con nosotros, no buscamos explicaciones, no nos detenemos en razonamientos, solo sabemos que Jesús es Hijo de Dios, nos salvó, nos da paz, nos cuida y nos bendice. La gente quiere estudiar a Jesús, pero ¿cómo estudiar a Dios, cómo la criatura estudia al Creador? No podemos ponerlo en un microscopio, pero sabemos que existe porque lo vemos en la creación, sentimos Su presencia y se manifiesta con poder en nuestra vida.

Por supuesto que debemos conocer y aplicar las Escrituras. El mundo no espera que salgas con teología, espera tu testimonio, que puedas decirle a alguien: “Te invito a un café, quiero contarte cómo era mi vida y cómo es ahora junto a Jesús”. No te compliques, debemos recuperar el sentido y el valor del testimonio y la pasión por compartirlo. Dile al Señor: “Gracias por darme el poder de compartir Tu bendición. Dame las palabras correctas para comunicar la obra que has hecho en mí y lograr que otros te conozcan y reciban Tu amor”.

Versículos de Referencia:

[1  Hechos 1:8 dice: pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

[2] Apocalipsis 12:11 enseña: Y ellos le han vencido por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.

[3] Marcos 1: 40-45 comparte: Vino a él un leproso, rogándole; e hincada la rodilla, le dijo: Si quieres, puedes limpiarme. Y Jesús, teniendo misericordia de él, extendió la mano y le tocó, y le dijo: Quiero, sé limpio. Y así que él hubo hablado, al instante la lepra se fue de aquél, y quedó limpio. Entonces le encargó rigurosamente, y le despidió luego, y le dijo: Mira, no digas a nadie nada, sino ve, muéstrate al sacerdote, y ofrece por tu purificación lo que Moisés mandó, para testimonio a ellos. Pero ido él, comenzó a publicarlo mucho y a divulgar el hecho, de manera que ya Jesús no podía entrar abiertamente en la ciudad, sino que se quedaba fuera en los lugares desiertos; y venían a él de todas partes.

[4] 1 Timoteo 3:1-7 comparte: Palabra fiel: Si alguno anhela obispado, buena obra desea. Pero es necesario que el obispo sea irreprensible, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, decoroso, hospedador, apto para enseñar; no dado al vino, no pendenciero, no codicioso de ganancias deshonestas, sino amable, apacible, no avaro; que gobierne bien su casa, que tenga a sus hijos en sujeción con toda honestidad (pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?); no un neófito, no sea que envaneciéndose caiga en la condenación del diablo. También es necesario que tenga buen testimonio de los de afuera, para que no caiga en descrédito y en lazo del diablo.

[5] Juan 9:6 relata: Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva, y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.

[6] Juan 9:8-18 comparte: Entonces los vecinos, y los que antes le habían visto que era ciego, decían: ¿No es éste el que se sentaba y mendigaba? Unos decían: El es; y otros: A él se parece. El decía: Yo soy. Y le dijeron: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos? Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Ve al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista. Entonces le dijeron: ¿Dónde está él? El dijo: No sé. Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Y era día de reposo cuando Jesús había hecho el lodo, y le había abierto los ojos. Volvieron, pues, a preguntarle también los fariseos cómo había recibido la vista. El les dijo: Me puso lodo sobre los ojos, y me lavé, y veo. Entonces algunos de los fariseos decían: Ese hombre no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos. Entonces volvieron a decirle al ciego: ¿Qué dices tú del que te abrió los ojos? Y él dijo: Que es profeta. Pero los judíos no creían que él había sido ciego, y que había recibido la vista, hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista y les preguntaron, diciendo: ¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego? ¿Cómo, pues, ve ahora? Sus padres respondieron y les dijeron: Sabemos que éste es nuestro hijo, y que nació ciego; pero cómo vea ahora, no lo sabemos; o quién le haya abierto los ojos, nosotros tampoco lo sabemos; edad tiene, preguntadle a él; él hablará por sí mismo. Esto dijeron sus padres, porque tenían miedo de los judíos, por cuanto los judíos ya habían acordado que si alguno confesase que Jesús era el Mesías, fuera expulsado de la sinagoga. Por eso dijeron sus padres: Edad tiene, preguntadle a él.

[7] Juan 9:24-33 continúa el relato: Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador. Entonces él respondió y dijo: Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo. Le volvieron a decir: ¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos? El les respondió: Ya os lo he dicho, y no habéis querido oír; ¿por qué lo queréis oír otra vez? ¿Queréis también vosotros haceros sus discípulos? Y le injuriaron, y dijeron: Tú eres su discípulo; pero nosotros, discípulos de Moisés somos. Nosotros sabemos que Dios ha hablado a Moisés; pero respecto a ése, no sabemos de dónde sea. Respondió el hombre, y les dijo: Pues esto es lo maravilloso, que vosotros no sepáis de dónde sea, y a mí me abrió los ojos. Y sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguno es temeroso de Dios, y hace su voluntad, a ése oye. Desde el principio no se ha oído decir que alguno abriese los ojos a uno que nació ciego. Si éste no viniera de Dios, nada podría hacer.

 

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