Por qué no prosperamos a pesar del esfuerzo que hacemos

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Todos se han preguntado alguna vez por qué no prosperan en la vida a pesar del esfuerzo que hacen por salir adelante. Hay quienes, por mucho que se esfuercen, no son capaces de evolucionar de zopilotes a gavilanes. Algunas razones que explican este fenómeno se encuentran en la Biblia.

La primera de esas razones es la envidia[1]. Si te molestas porque alguien te supera en algo, la razón es simple: le tienes envidia. Lo cierto es que siempre habrá alguien que sea mejor que tú en algo y esa condición es inexorable. En lugar de enojarnos por pensar en lo que los demás han logrado, deberíamos enfocarnos en nuestros propios logros y alegrarnos por ellos. El pequeño, o el que tiene poco, siempre envidiará al más grande o al que tiene más. Esta es una situación que se manifiesta incluso entre iglesias cuando las pequeñas se fijan en las grandes y empiezan a hablar mal de ellas.

La amargura es otra razón por la que las personas no son capaces de prosperar. Cuando se vive con odio o rencor, será muy difícil salir de un agujero. Lo mejor es reflexionar acerca del asunto que cause malestar y darse cuenta de que todo pasa, pero para eso hay que dejar ir. Es muy probable que una persona amargada ahuyente a las demás personas con su trato y su modo. Para obtener el favor de otras personas se necesita caerles bien, pero cuando se busca eso, la amargura es contraproducente.

La tercera razón es mantener pecados sin confesar. Esto, delante del Señor, es más grave de lo que se cree. La Palabra de Dios indica que para alcanzar Su misericordia es necesario confesar los pecados, no ocultarlos[2]. No confesar su pecado fue lo que condenó a Adán y Eva, quienes se escondieron al ser conscientes de que habían desobedecido, y al estar delante de Dios solo se limitaron a echarse la culpa: él a ella por haberle dado de comer el fruto, y ella a la serpiente por haberla engañado. Al Señor no le interesa más que le pidamos perdón, sino que confesemos nuestro pecado. El perdón ya fue concedido en la cruz del Calvario. Si siete veces cae el justo, siete veces lo levantará el Señor, pero para que eso suceda debe confesarse.

Una persona tampoco prospera cuando es avaro y poco generoso, y ante los ojos de Dios esto le impide dar para poder recibir y sembrar para poder cosechar. Dios repudia la avaricia[3] y prospera al alma generosa[4]; y esto tiene que ver con la siguiente clave para la prosperidad —y que además es un mandamiento de Dios—: honrar a nuestros padres[5], porque honrarlos también significa darles. Honrarlos, además, no solo consiste en otorgarles tiempo, sino tiempo de calidad.

Una persona tampoco prospera a causa de su deshonestidad. La confianza de alguien puede obtenerse luego de mucho tiempo, sin embargo, puede perderse en un segundo. Durante los 44 años que trabajé como cirujano dentista mandé hacer por lo menos 20,000 tarjetas de presentación que ofrecían mis servicios, pero lo cierto es que nadie llegaba a mi clínica por las tarjetas, sino por las buenas referencias que daba la gente acerca de mi trabajo. No obstante, si yo hubiese sido deshonesto, corría el riesgo de perder no solo a uno, sino a todos mis clientes, pues las referencias corren como el agua, no solo las buenas, sino también las malas. Cuando robamos —no solo en cantidad sino en calidad— perdemos la confianza de la gente. Dios también repudia el robo y el hurto[6] y todo esto es cuestión de principios. Si no tenemos palabra y no cumplimos con nuestros plazos y ofrecimientos[7], perdemos el favor de la gente[8].

Las últimas dos razones por las que no prosperamos están estrechamente relacionadas entre sí. No se prospera cuando no se es un buen administrador de los bienes. Hay gente a la que Dios bendice, pero no administra bien esa bendición, son insensatos e imprudentes cuando se trata de manejar el dinero. El Señor podrá darnos mucha prosperidad, pero seremos nosotros quienes debamos administrarla de forma correcta[9]. Asimismo, tampoco se prospera cuando no existe armonía financiera con nuestra pareja y cada uno camina por su lado. El matrimonio cristiano no es individualista: no podemos decir “este mi dinero y ese el tuyo” o “estas son mis deudas y esas las tuyas”. Todo matrimonio debería tener metas en conjunto y entre esposos no debe existir egoísmo.

Como resumen, una persona podrá estar bien preparada académicamente, podrá tener licenciaturas, maestrías o doctorados, pero si no sabe administrar bien los recursos que Dios le da, será más probable la prosperidad de un bodeguero, por muy poca que sea su escolaridad y por muy poco que gane. La clave de la prosperidad está en darle a Dios lo que le corresponde, en obedecer Su Palabra en la Biblia y en saber administrar las bendiciones que nos da.


[1] Santiago 4:2: Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.

[2] Proverbios 28:13: El que encubre sus pecados no prosperará; mas el que los confiesa y se aparta alcanzará misericordia.

[3] Hebreos 13:5: Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré.

[4] Proverbios 11:25: El alma generosa será prosperada; y el que saciare, él también será saciado.

[5] Éxodo 20:12: Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días se alarguen en la tierra que Jehová tu Dios te da.

[6] Proverbios 20:10: Pesa falsa y medida falsa, ambas cosas son abominación a Jehová.

[7] Proverbios 12:22: Los labios mentirosos son abominación a Jehová; pero los que hacen verdad son su contentamiento.

[8] Proverbios 22:1: De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, y la buena fama más que la plata y el oro.

[9] Salmos 112:5: El hombre de bien tiene misericordia, y presta; gobierna sus asuntos con juicio.

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