Venga el infierno o la tormenta, vamos rumbo a Roma

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Cuando Dios llevó a Pablo a Roma, él vivió su tiempo más fructífero y todos nosotros somos producto de ese viaje evangelístico. Pablo iba rumbo a Roma, el centro del Imperio más poderoso, el más importante. Iba porque Dios quería que tuviera una nueva plataforma, pero iba prisionero, aunque se dirigía a su mejor cosecha. ¡Dios usa circunstancia de dificultad para mostrar Su gloria! En medio de la tormenta se encuentra tu cosecha más grande. Pablo iba prisionero porque lo que hacía desestabilizaba al Imperio, iba a ser juzgado, eso es lo que se ve, sin embargo, iba a Roma para llevar el Evangelio, ese era su destino, su objetivo real, la visión que el Señor tenía. La percepción no es la realidad. Roma representa la promesa, el destino, la cosecha, el lugar de cumplimiento, donde se recogería el fruto. Puede parecer que el diablo está ganando la batalla, que el infierno está a punto de celebrar la victoria sobre tu vida, que nunca saldrás de esa tormenta, pero ¡te declaro que Dios está bordeando la dificultad! Lo que parece tu derrota más grande, será la mayor victoria de tu vida. Di: “Voy rumbo a Roma”. Lo que estás enfrentando te llevará a donde Dios te quiere posicionar. Serás libre de ataduras, no habrá tormenta que te detenga[1]. Lo que está puesto dentro de ti es mayor a lo que está puesto delante de ti.

El enemigo te está atacando, no por las tonterías de tu pasado sino por todo lo glorioso que verás en tu futuro. Pero vamos rumbo a Roma, donde el Señor quiere que testifiques de las maravillas que ha hecho y hará en tu circunstancia[2]. ¿Qué te guía, el destino o la tormenta? A todos hay algo que nos guía, la gente, el pasado o el futuro, lo patético o profético, problemas o promesas, pesadillas o sueños, carne o espíritu, el drama o el optimismo. ¿Qué te guía? ¿El fracaso que sufriste? En Cristo, nada en tu lastimado pasado tiene el poder para detener tu glorioso futuro. Declaro que, de este momento en adelante, tú y tu casa, tus generaciones jamás serán guiadas por el pasado, por el fracaso, por las maldiciones, ya que serás guiado por las promesas de Dios, la salvación del Hijo, la gracia del Padre y la unción del Espíritu Santo. Dios tiene pensamientos y planes de bien para ti y se cumplirán sin duda, a pesar de todo[3].

Durante ese viaje a Roma, en medio de la tormenta, los tripulantes tuvieron miedo, claro, y bajaron el ancla para sentirse por lo menos un poco seguros, porque la verdad, creo que no les hubiera servido de mucho. ¡No bajes el ancla en medio de la tormenta! De nada te servirá, o más bien, solo te servirá para quedarte estancado donde no debes, porque tu lugar no es allí. Dios tiene algo grande para ti en medio de lo que se ve ahora y lo que vendrá. El temor es el enemigo de la fe, siempre te detiene prematuramente. Todos hemos luchado con el temor. Lo que vemos dentro de nosotros y fuera nos inspira temor, pero recordemos que Dios nos ha dado espíritu de poder, amor y dominio propio, no de cobardía[4]. Ellos tuvieron temor y dejaron caer el ancla. No te dejes llevar por el temor frente a la tormenta financiera, ministerial o familiar. Y si ya tiraste el ancla, si estás atrapado en esa circunstancia, si tu fe, tu gozo, tus sueños, tu integridad, tus finanzas están estancadas, ahora es el momento de liberarte. Lo que estaba estancado, hoy, en el nombre de Jesús, se libera. Hoy se termina la temporada de estar atrapado y estancado, porque tú y tu casa van rumbo a Roma, al cumplimiento de sus promesas.

El enemigo se ha levantado en tu contra porque Dios tiene algo de gran magnitud para ti. Si la tormenta es súper grande es porque tu destino es súper grande. Levanta tu ancla, ya no estarás atrapado, levanta tu fe, tu integridad, tu compromiso, tus sueños, tu llamado. Hoy se termina ese estancamiento. Si estás vivo es porque Dios no ha terminado contigo y concluirá Su buena obra en ti, para ti y a través de ti. Todos pasamos por tormentas, pero no permitas que esa circunstancia te guíe, porque solo la fe debe hacerlo. No bajes el ancla en medio de esa tormenta, bájala cuando llegues a tu destino. No te quedes atrapado en tu miseria, en tu pecado, en tu dolor, estás listo para alcanzar tus sueños, la bendición de tu familia, de tu ministerio, de tus finanzas. Dale gracias al Señor, alábale. El tamaño de tu alabanza es directamente proporcional al tamaño del infierno del que te sacó.

Levanta tu ancla, levanta tu fe, lo que estaba atrapado ya no lo está más, no está estancado. El barco puede hundirse, pero tú llegarás y todos los que están contigo también llegarán a su destino. ¡En el nombre de Jesús, tú y tu casa serán salvos! Aún sin esa relación, sin esos recursos, sin ese equipo, tú llegarás. No te quejes por el barco que perdiste. Deja de pedirle a Dios que restaure tu pasado, porque Él está interesado en desatar tu futuro. En vez de quejarte por lo que perdiste, dale gracias por lo que tienes y lo que viene. Tienes una fe que mueve montañas, una paz que sobrepasa todo entendimiento, un gozo sobrenatural, lo tienes a Él. En vez de decir: “Mira lo que hizo el diablo”. Di: “Mira lo que hizo y hará Dios”. No es el barco lo que funciona, los barcos se destruyen, se hunden, es la Palabra de Dios sobre ti lo que prevalece. Cree en Sus promesas. Sin el barco, sin salvavidas, llegaremos a nuestro destino. Entraremos a Roma y viviremos la temporada más fructífera, pero debemos estar dispuestos a soltar esos salvavidas, esos planes A, B, C. En Dios, solo hay un plan, Su plan, Su plan y Su plan. El barco se hundió, pero Pablo y todos los que iban allí llegaron, ni uno se perdió, ninguno se hundió. Si has experimentado un naufragio, te garantizo que llegarás a tu destino. Dios hace grandes cosas con lo que vemos quebrantado, destrozado y sin esperanza. Dios puede utilizar lo más pequeño para Su gloria. Si has pasado un naufragio, si has perdido esa barca, lo que pensabas que era eterno, te garantizo que alcanzarás las promesas del Señor. Solo debes enfocarte en escucharlo para saber cuál es el destino que tiene para ti.

Si dejaste ir tus sueños, tu integridad, tu propósito, ahora es el momento de retomar el rumbo. Levanta esa ancla en medio de la tormenta, Dios te ha prometido Roma, no la isla de Malta, así que avanza. Tu temporada de más fruto todavía viene en camino. Más allá de la tormenta, más allá del naufragio está tu destino, está Roma, tu promesa cumplida. Todo lo que has pasado tiene que ver con el hermoso futuro que Dios tiene para ti y para tus generaciones, así que no te detengas. Pablo llegó cansado, casi ahogado, pero llegó. Si Jesús es tu Salvador, cree que ya llegaste a Roma, a tu destino. Camina en Él, vive en Él y verás el cumplimiento de tu destino. Desde hoy, ya no hay limitación, ya no pides bendición, sino que pides ser de bendición para otros. No pedirás respuesta a tus peticiones, sino que serás la respuesta a las peticiones de otros. No hay tormenta, tempestad, naufragio que pueda detener tu destino en Cristo. Declara, decreta: “En el nombre de Jesús, yo y mi casa llegaremos a Roma. Ya no estoy estancado, ¡mi destino de bendición me espera!”


[1] Hechos 27:1-7: Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía Augusta. Y embarcándonos en una nave adramitena que iba a tocar los puertos de Asia, zarpamos, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica. Al otro día llegamos a Sidón; y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuese a los amigos, para ser atendido por ellos. Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios. Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. Y hallando allí el centurión una nave alejandrina que zarpaba para Italia, nos embarcó en ella. Navegando muchos días despacio, y llegando a duras penas frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón.

Hechos 27: 14-17: Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón. Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo poner proa al viento, nos abandonamos a él y nos dejamos llevar. Y habiendo corrido a sotavento de una pequeña isla llamada Clauda, con dificultad pudimos recoger el esquife. Y una vez subido a bordo, usaron de refuerzos para ceñir la nave; y teniendo temor de dar en la Sirte, arriaron las velas y quedaron a la deriva.

[2] Hechos 23:11: A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: Ten ánimo, Pablo, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.

[3] Jeremías 29:11: Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis.

[4] 2 Timoteo 1:7: Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio.

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