La última flecha

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Durante una guerra contra Siria el rey de Israel se acercó al profeta Eliseo buscando ayuda, pero cuando este le pidió que tomara la flecha y golpeara la tierra, el rey la golpeó solo tres veces.[1] Hay personas que no hacen nada por fe y siempre necesitan confirmar antes de actuar. Cuando esperamos demasiado para empezar algo, fácilmente lo dejamos de lado.

Dios tiene para ti sueños más grandes que los tuyos. Muchos de nosotros queremos la libertad de Cristo a cuesta de vivir como prisioneros y sentimos que hay una línea que no podemos cruzar, pero no es una línea que Dios pone sino la de nuestros miedos: cuando tienes miedo a la oscuridad te quedas en la luz; si tienes miedo al compromiso te quedas soltero…

Tengo mucho miedo de predicar en español, tanto que cada vez que lo hago debo ir varias veces al baño. Mi esposa me decía “No prediques en español, no quiero sentir pena por ti”. Yo sé que soy imperfecto y que me cuesta, pero Dios no necesita tu “más”, Él puede hacer grandes cosas con tu “menos”. Solo Él puede ver toda la grandeza que hay en ti más allá de tu dolor.

Un día, unos exámenes médicos me dijeron que tenía cáncer avanzado. No sabía si viviría, tenían que operarme para extirparlo. Mientras tanto escribía el libro La última flecha. Mi esposa y mis hijos estaban quebrantados. Esa noche abrí el libro para terminarlo. En la página 93 encontré: “Antes de que lo escuches, quiero decirte que estoy muriendo”. Lo escribí un año antes y me pareció extraño. Luego escribí: “pero tú estás muriendo también”. Realmente todos estamos muriendo.

Muchos no comprendemos que la vida no se puede vivir si tenemos miedo de morir. Muchos otros no tienen miedo de morir sino de vivir. Cuando recibí aquel diagnóstico experimenté enojo, amargura y dolor. Mi vida había sido tan linda que no podía creerlo, pero nunca sentí miedo. Antes, cuando tenía veinticinco años, trabajaba en un barrio muy peligroso. Estaba en el carro de mi novia, con mucho miedo, detuve el carro en medio de la calle y dije “Dios, ayúdame, tengo miedo”, y Él me dijo: “Vivir es Cristo, morir es ganancia”. Yo no quería escuchar eso, quería palabras de ánimo. “Si te mueres en este momento, te llevaré a lugares que solo quienes han muerto pueden ver”.

Tuve una operación de seis horas y fue más complicada de lo que se pensaba. A medianoche desperté y le dije a mi esposa que me levantaría, caminaría y ella lo impidió. Yo insistí: “Caminaré, ¿me ayudarás o no?”, pero la enfermera también se opuso y me ofreció medicina para no sentir dolor, sin embargo, yo deseaba sentir todo el dolor porque si era capaz de soportarlo no había nada que me pudiera detener.

Muchos piensan que la fe nos evita un camino del dolor, pero no. La fe no nos da una vida más fácil sino un alma más fuerte.

Al día siguiente, cuando mi esposa fue a buscar café y las enfermeras cambiaron de turno, me bañé y me preparé para irme. “Me voy a casa porque este lugar es para personas enfermas y yo estoy sano”, les dije. En casa, mi esposa se encargó de instalarme en la habitación una refrigeradora como si fuera a pasar allí el resto de mi vida. Pasé días de mal humor y la gente me preguntaban por qué me empeñaba en sentir tanto dolor. Para todos mis amigos que no eran creyentes, yo era la única prueba del Señor para ellos. Quería demostrarles que el dolor no es una prueba de la inexistencia Dios, sino de que estamos vivos y lo mejor está adelante.

En aquel entonces no sabía si mi vida iba a terminar, sin embargo, dentro de poco tiempo ya cumpliré sesenta años. La muerte quedó en el pasado y la vida está en el futuro. La flecha no está en la mano de Dios sino en tu mano. El profeta le dijo al rey que la victoria sería suya, pero la perdió. No debemos ser como ese rey que solo pegó tres veces en el suelo. He tenido muchos fracasos en la vida, pero no hay fracaso que haya podido arrebatarme el futuro que Dios tenía para mí. Toma tu arco y tus flechas y golpea la tierra diez veces porque el Señor no ha terminado de bendecirte. ¡No hay fracaso que te haga perder el futuro!


[1] 2 Reyes 13:18-19: Y le volvió a decir: Toma las saetas. Y luego que el rey de Israel las hubo tomado, le dijo: Golpea la tierra. Y él la golpeó tres veces, y se detuvo. Entonces el varón de Dios, enojado contra él, le dijo: Al dar cinco o seis golpes, hubieras derrotado a Siria hasta no quedar ninguno; pero ahora sólo tres veces derrotarás a Siria.

 

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