Acercarnos a Jesús

CONÓCENOS

Suele suceder que cuando estoy en la calle o en algún lugar público, la gente se me acerca por uno u otro motivo: desde tomarse una foto conmigo hasta pedir oración de intercesión. Lo cierto es que si la gente se acerca a ti no lo hace por incomodarte, sino porque seguramente siempre tienes algo bueno que dar. Lo mismo sucede cuando nos aceramos a Jesús, a quien también nos acercamos por muchos motivos, pero ninguno de ellos será malo. No podemos decirle a alguien “No te acerques a Jesús ahora que tu familia está destruida, lo hubieras hecho antes” o “¿Por qué ahora que estás derrotado te acercas a Jesús y no cuando estabas bien económicamente?”, pues siempre será mejor que se acerquen a Él motivados por un interés personal a que no se acerquen nunca. Todos tuvimos alguna necesidad cuando decidimos acercamos a Él.

Algunos tendrán interés de que el Señor perdone sus pecados y ser salvos, otros tendrán interés de recibir sanación física, otros tendrán interés de impulsar su economía familiar, etcétera. ¿Acaso alguno de ellos es peor o mejor que los demás? El hijo pródigo se acercó a la casa de su padre porque no tenía para comer y padecía una situación económica seria; no hay ningún problema en que alguien se acerque a Jesús buscando aliviar su mala situación económica a causa de las malas decisiones tomadas.

Yo he aprendido a saludar a todo el mundo con una sonrisa porque sé que todos cargan con penas aunque las ignoremos. La mujer en el Nuevo Testamento que pasó con flujo de sangre durante doce años sabía que con solo tocar el manto de Jesús sanaría,[1] esa era su pena inconfesable, pero tomó la decisión de acercársele. Nicodemo, por su parte, se le acercó de noche pidiendo instrucción y Él le dijo que tenía que nacer de nuevo.[2] Todos podemos tener motivos diferentes para acercarnos al Señor, pero él tiene la misma solución para todos los motivos que tengamos.

Muchas veces cargamos en la conciencia con cosas que, aunque no son pecado, nos impiden salir adelante. Hay gente que piensa cosas como “Es que mi familia así es, todos han quebrado, nadie ha terminado la universidad, nadie sale adelante, entonces nosotros seremos lo mismo, y nuestros hijos serán lo mismo y también nuestros nietos”, pero la sangre de Jesús rompe con toda maldición, y si decides acercártele y permanecer a su lado, y a partir de ti serán benditos tus hijos, nietos, bisnietos y cuantos nazcan de ti. Cristo no solo vino a consolarte, sino que vino a romper las maldiciones para siempre. Él tan solo te pide que te le acerques y le creas.

En el capítulo 2 de Mateo leemos que Herodes recibió la visita de los reyes que buscaban a Jesús para adorarlo, aunque la Escritura nunca dice que hayan sido tres[3] y más bien da indicios, a partir de la turbación de Herodes y de toda la ciudad, de que pudieron ser muchos.[4] Para haber hecho temblar al rey y a toda la ciudad, resulta extraño que hayan sido solo tres individuos. Lo cierto es que, desde su nacimiento, ya había reyes que querían acercarse a Jesús para adorarle.

La Palabra dice que somos un pueblo de reyes y sacerdotes. Eso es algo que me ha costado entender porque nunca he visto a un rey, nunca he entrado a un palacio y tampoco entiendo de protocolos de la realeza. Los reyes magos buscaron al rey de los judíos que acababa de nacer y que se tratara de un bebé no impidió que pudieran adorarlo. La ética de los magos fue distinta a la que conocemos, pues a pesar de ser reyes, se postraron ante un recién nacido cuando nadie les ordenó hacerlo. El señorío de Cristo recién nacido los motivó a postrarse ante Él sin avergonzarse y le entregaron oro, incienso y mirra.[5] Cuando diezmemos y ofrendemos no nos avergoncemos de hacerlo porque de esa forma es como honramos y bendecimos el nombre del Señor que nos salvó en la cruz del calvario. No podemos entender de diezmos y ofrendas si no entendemos de reinados y de reyes: primero tenemos que entender quién es Él para entender qué y por qué debemos ofrecerle.

Cuando te nazca levantar las manos al cielo para adorar a Jesús, ¡hazlo! No importa la situación o el lugar. Cuando quieras acercarte a Él, no lo dudes. Hazlo y declárale que Él es tu rey.


[1] Mateo 9:20-22: Y he aquí una mujer enferma de flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y tocó el borde de su manto; porque decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.

[2] Juan 3:1-5: Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él. Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.

[3] Mateo 2:1-2: Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.

[4] Mateo 2:3: Oyendo esto, el rey Herodes se turbó, y toda Jerusalén con él.

[5] Mateo 2:9-11: Ellos, habiendo oído al rey, se fueron; y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño. Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo. Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra.

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