Amenazas para nuestra felicidad

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La vida es bella es una película fenomenal. Cuenta la historia de Guido y su pequeño hijo Josué en medio de la Segunda Guerra Mundial. El padre se propone hacer de la guerra un juego para hacerle menos penosa la realidad al niño. La vida les cambió drásticamente, pero demostraron que a pesar del conflicto pudieron verla de forma positiva.

La vida puede ser tan bella como decidamos vivirla. No es justa ni injusta, pero cómo tomemos los padecimientos es lo que hace la diferencia. Ser feliz no es tan difícil como algunos creen porque es una decisión, por lo tanto, es un error pensar que algo o alguien tiene el poder de darnos esa felicidad.

Cuando conocí a Sonia ella era feliz. Acababan de matar a uno de sus hermanos, sus padres estaban pasando por una posible separación, la economía familiar no andaba del todo bien y, por si fuera poco, un medicamento que le habían recetado cuando era niña le dañó la dentadura, pero a pesar de todo, ella no dejaba de sonreír. ¡Se reía hasta de mis malos chistes! Ver su felicidad fue lo que me motivó a amarla.

A veces, la felicidad ni siquiera está condicionada por alguien, sino por cuestiones materiales. Por ejemplo, hay quienes dicen “Cuando llegue a tener (o lograr) tal cosa seré feliz”, pero si eres de los que piensa así, te aseguro que no serás feliz ni consiguiendo lo que tanto anhelas, porque cuando uno decide ser feliz no espera a tener nada más que lo que ya tiene; simplemente decide serlo. Cuando tienes regocijo y paz a pesar de las dificultades, tienes felicidad.

El libro de Hechos habla de un hombre llamado Simón, quien engañaba a los demás por medio de la magia, proyectando una falsa grandeza.[1] Para empezar, nada peor que creer que se debe ser “grande” para todo, pues muchas veces no es un asunto de tamaño sino de importancia. Por ejemplo, un padre de familia es importante en su familia independientemente de cuán grande o pequeño sea su cargo en el trabajo. De igual modo, Jesús no murió por nosotros porque seamos grandes sino porque somos importantes para Dios.

Ningún regalo del Señor se obtiene con bienes materiales[2] y cuando perdemos algo debemos cuidar nuestro corazón porque si también lo perdemos ya no habrá manera de recuperar lo que hemos perdido. Después, Pedro tuvo misericordia de Simón y este se arrepintió.[3]

Una de las cosas que amenaza nuestra felicidad es la comparación con los demás incluso cuando sabemos que somos únicos. ¿Has visto a alguien comparar su huella digital  para ver cuál es más bonita? No hay gozo en la comparación.[4] Cuando dices “y este qué se cree”, el problema no es lo que pueda creerse, sino qué te crees tú; no es que él se crea “la mamá de Tarzán”, es que tú te estás creyendo “Chita”; no es que se crea la última Coca-Cola en el desierto, sino que ¡tú no te crees ni siquiera un vasito plástico con agua del chorro de venta en la tiendita de la esquina! Por lo tanto, que no te importe que otros se crean más que tú. Si aprendes a asimilar eso te quitarás un gran peso de encima.

La falta de agradecimiento es otra cosa que nos hace infelices, y no tiene que ver solo con no dar las gracias, sino con esperar a tener algo para agradecer. Cuando trabajaba vendiendo seguros, no vendía para estar contento: estaba contento para vender, pues con la actitud correcta es como logramos convencer y atraer. El agradecimiento libera la felicidad, el gozo y la gentileza.[5] Cuando vas manejando por la ciudad en horas pico, te puedes fijar en eso o en que vas en automóvil. Cuando vas a la iglesia, puedes quejarte del tiempo o simplemente disfrutar del mensaje. Puedes quejarte del ogro de tu jefe o fijarte en la bendición de tener trabajo.

Recuerda que la felicidad es una elección, por lo tanto, no permitas que la amenace la falta de algo o de alguien. Tu fe debe administrar tus emociones y no al revés. ¡Declara que eres feliz! Da gracias por la vida, el alimento, por las oportunidades, el trabajo, por tu familia y declara: “Jesús, a pesar de las adversidades, ¡tendré gozo y paz!”


[1] Hechos 8:9-10: Pero había un hombre llamado Simón, que antes ejercía la magia en aquella ciudad, y había engañado a la gente de Samaria, haciéndose pasar por algún grande. A éste oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: Este es el gran poder de Dios.

[2] Hechos 8:18-21: Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, diciendo: Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo. Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios.

[3] Hechos 8:22-24: Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. Respondiendo entonces Simón, dijo: Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí.

[4] Filipenses 2:2-4: Completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa. Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros.

[5] Filipenses 4:4-6: Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida de todos los hombres. El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.

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