Cuando la duda te visite

CONÓCENOS

Servir a Dios provee la seguridad que te garantiza que Él estará contigo. No es lo mismo que seas el hijo del dueño de un negocio a que seas el hijo que trabaja en el mismo negocio, o sea, que te interesen los negocios de tu padre. Es conveniente para nuestra vida cuidar del reino de Dios. Entre las promesas del Señor para quienes le sirven está que ningún arma forjada contra ti prosperará. Puedes tener esa confianza y seguridad porque tú le perteneces.[1] Jesús te compró con su sangre y te cuidará porque eres Su propiedad; en Él podrás dormir en paz.[2]

No es lo mismo acostarse en paz que dormir en paz. Para empezar una buena noche, uno debe tener un buen final del día. Si yo me quiero acostar en paz procuro no ocupar la noche para tratar asuntos que arriesgan mi paz, porque en la noche recupero la fuerza para un nuevo día, por lo tanto, debo cuidar mi tiempo de la noche. Afirmar que “En paz me acostaré” significa haber preparado la última parte del día para lograr ese fin, porque si me acuesto en paz es muy probable que al día siguiente me levante con nuevas fuerzas para poder enfrentar la jornada. Entre el sueño y el amanecer no se resuelven los problemas, así que mejor duerme en paz así como lo hacía David incluso en tiempo de guerra.

La gente que es feliz disfruta sus triunfos, pero no tanto como la demás gente piensa, pues a fin de cuentas no se alimenta de ellos. Cuando me entrevistan me suelen preguntar cómo me siento al tener varios seguidores o ser influyente, y entonces me pregunto cómo se supone que debería sentirme. Yo me siento feliz predicando en este hermoso templo, tal como me sentí feliz predicando una vez en el zoológico La Aurora un día que no llegó nadie. De una u otra forma me siento igual de feliz porque estoy haciendo lo que debo hacer: predicar Su palabra. Claro que me siento mucho más feliz si tú la aprovechas, pero si no, a mí me hace feliz saber que te la di, que cumplí con lo que Dios me ordenó. Él es mi mayor fuente de felicidad.

Juan El Bautista mandó a preguntar a Jesús si era Él quien habría de venir o si debían esperar a otro, pues aunque el mismo profeta ya lo había anunciado antes como el cordero de Dios, la angustia le hizo dudar a pesar de ello.[3] Y es que Juan dudó cuando estaba en la cárcel. ¿Se imaginan la angustia que sintió al saber que iría a morir decapitado? En él pudo entrar la duda porque su emoción era contraria a su fe. Todos somos seres emocionales y el problema no consiste en serlo sino en obedecer a las emociones negativas que cambian nuestra manera de pensar por lo que sentimos. No debemos permitir que la angustia sea nuestra consejera. Cuando tu emoción se vea afectada por lo que te está pasando, ten cuidado de hasta dónde pueda llegar.

Cuando dejamos que la duda nos visite y le ponemos atención, hay tres aspectos de nuestra vida que pueden ser afectados. El primero es el pensamiento. Jesús ministró la forma de pensar de sus discípulos para que no fueran hombres de poca fe; de hecho, en el Nuevo Testamento hay muchos ejemplos acerca de ello.[4] El segundo aspecto se centra en las emociones, la sensación de temor al futuro. ¿Por qué ser fatalista respecto a algo que en realidad no está sucediendo? Los discípulos, en la barca, despertaron a Jesús durante la tormenta, creyendo que iban a morir[5] y no se pusieron a pensar que no podrían perecer porque Él estaba con ellos —resulta curioso que un carpintero tuviera paz en medio de una tormenta en el mar y los pescadores no—. El tercer aspecto al que afecta la duda es el espíritu, y con ello la fe. Pedro dudó cuando Jesús le ordenó caminar sobre el agua, no tuvo fe para creer que algo así de milagroso era posible[6].

En resumen, cuando la duda te visite podría afectar tu pensamiento, tu emoción y tu espíritu, pero si eso ocurre te invito a realizar un ejercicio práctico: apunta en un papel todos los pensamientos que se acumulan en medio de la angustia que vives, todas las emociones que tienes en medio de los problemas. Luego, levántalo y pregúntale a Dios: “¿Viene esto de ti, Señor? ¿Estas son las emociones que quieres darme?”, y verás cómo Él te responde.

Normalmente creemos que lo que hacemos hoy afecta nuestro futuro, sin embargo, aunque parezca absurdo, cuando logres ver claramente tu futuro por fe, será eso lo que determine un cambio en tu presente. La Biblia promete un final dichoso para aquellos que confían en Dios: si puedo confiar que esa dicha estará en mi futuro, dejaré de sentir lo que siento en el presente. Deja de angustiarte: si no confías en que nada te faltará es porque no has puesto a Dios como tu pastor.[7]

Siempre quise ser un buen cristiano y le pedía al Señor que me ayudara a lograrlo. Mi madre me preguntaba desde niño qué querría ser cuando fuera grande, en vez de responderle que bombero, policía o superhéroe, le decía que quería ser misionero. Ahora, cuando camino por este lugar y veo esta iglesia y su congregación, me parece impresionante la forma en que se cumple la declaración de un niño, por fe. Por eso Jesús dijo: si no fueren como niños, no podrán ver el reino. Ahora bien, ¿de qué podrías ser capaz tú cuando cambies tus quejas por un vistazo al futuro y tus angustias por un pensamiento positivo? Verás que el presente empezará a cambiar. El bien y la misericordia te seguirán todos los días de tu vida.

Quizá naciste de nuevo hace muchos años, pero aún estás en el proceso de aceptar que Dios es tu padre y por eso dudas; temes y te angustias más de la cuenta, como si no tuvieras padre. Si el Señor no descuida un ave o un lirio del campo, ¿habría de descuidar a alguien que se ve a sí mismo como Su hijo? Por eso, declara y confiesa que tu futuro es bueno, dichoso y glorioso; que eres una persona bienaventurada y doblemente bendecida. Dale gracias a Dios porque, sin importar lo que ahora estés viviendo, lo que te espera será glorioso y el peso de esa gloria venidera no se comparará con tus penas pasajeras. Atrévete a pensar diferente, sentir diferente y confiar diferente.


[1] Isaías 43:1: Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú. Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.

[2] Salmos 4:7.8: Tú diste alegría a mi corazón mayor que la de ellos cuando abundaba su grano y su mosto. En paz me acostaré, y asimismo dormiré; porque solo tú, Jehová, me haces vivir confiado.

[3] Lucas 7:17-19: Y se extendió la fama de él por toda Judea, y por toda la región de alrededor. Los discípulos de Juan le dieron las nuevas de todas estas cosas. Y llamó Juan a dos de sus discípulos, y los envió a Jesús, para preguntarle: ¿Eres tú el que había de venir, o esperaremos a otro?

[4] Mateo 16:7-8: Ellos pensaban dentro de sí, diciendo: Esto dice porque no trajimos pan. Y entendiéndolo Jesús, les dijo: ¿Por qué pensáis dentro de vosotros, hombres de poca fe, que no tenéis pan?

[5] Mateo 8:23-26: Y entrando él en la barca, sus discípulos le siguieron. Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca; pero él dormía. Y vinieron sus discípulos y le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! Él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar; y se hizo grande bonanza.

[6] Mateo 14:29:31: Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús. Pero al ver el fuerte viento, tuvo miedo; y comenzando a hundirse, dio voces, diciendo: ¡Señor, sálvame! Al momento Jesús, extendiendo la mano, asió de él, y le dijo: ¡Hombre de poca fe! ¿Por qué dudaste?

[7] Salmos 23:1: Jehová es mi pastor; nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará descansar;
Junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma; me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre. Aunque ande en valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás conmigo; tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Aderezas mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores;
Unges mi cabeza con aceite; mi copa está rebosando. Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida, y en la casa de Jehová moraré por largos días.

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