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El día que Dios juró

El día que Dios juró

21 de junio de 2020

Tiempo de lectura: 6 minutos

Dios le pidió a Abraham que sacrificara a su hijo Isaac y él accedió. Abraham tenía confianza en el Señor, por eso lo obedecía en todo. Nuestra obediencia a Sus instrucciones está ligada a la confianza que le tenemos. El sacrificio de su hijo, Abraham lo decidió hacer por obediencia, pero el sacrificio del carnero nació de su propia voluntad.[1] Lo que ofrecemos al Señor nos abre las puertas para experimentar Su bendición.

El 70% de la población de Guatemala ya fue afectada económicamente por la pandemia del COVID-19. En este punto ya es prácticamente imposible salir adelante a través de medios naturales, solo nos queda depender de la provisión de nuestro Padre. Él no solo prometió bendecirnos, también lo juró.[2] 

Por la fe y la obediencia Abraham pudo experimentar provisión sobrenatural de parte de Dios. Él no subió al monte a hacer una declaración únicamente, sino que fue a ofrecer lo que más amaba: a su hijo. La obediencia de Abraham bendijo su decendencia y al ofrecer el carnero bendijo su economía. ¿Qué estamos dispuestos a ofrecer para provocar la bendición de Dios sobre nosotros?

El Señor le proveerá semilla a todo aquel que tenga el deseo de sembrar.[3] Él se encargará de multiplicar lo que haga falta para suplir nuestras necesidades. La situación puede estar difícil, pero si confiamos en Él, podremos encontrar provisión en todo momento.

Dios se proveyó cordero para salvarnos, así como lo dijo Abraham cientos de años antes.[4] El patriarca tuvo la revelación acerca de la salvación en el momento que sacrificó a su hijo. Los sacrificios que realizamos para Dios nos ayudan a entender Su naturaleza y Sus planes.

El sacrificio que Jesús hizo en la cruz fue la ofrenda de Él para Dios, el equivalente de lo que hizo Abraham al entregar a su hijo. Si algo no puede soportar el ser humano es ver sufrir a sus hijos. Imaginemos lo que experimentó el Señor al ver sufrir al suyo, pero estuvo dispuesto a hacerlo por amor a nosotros.[5]

No podemos esperar que todos comprendan el poder que tiene ofrendar. En las Escrituras se le reconoce con el mismo calificativo a nuestras ofrendas y al sacrificio de Jesús en la cruz; ambas tienen olor fragante delante de Dios. Mientras que algunos nos pueden criticar por ofrendar, a Dios le agrada recibir lo que ofrecemos.[6]

El pueblo de Israel vivió opresión y saqueos por parte de los madianitas durante siete años; pero incluso en medio de la adversidad Él les suplió lo necesario para que pudieran sobrevivir. Lo que marcó un antes y un después en el pueblo de Israel en medio de esta crisis fue el clamor que le hicieron al Señor. La Palabra de Dios a Gedeón fue lo que determinó la victoria obtenida sobre los madianitas. Sus promesas son nuestra garantía para vencer cualquier adversidad.[7]

A pesar de la escasez que estaba experimentando su pueblo, Gedeón siempre tuvo algo que ofrecer para el Señor. Las circunstancias no deben determinar nuestra generosidad. Para Dios fue muy importante lo que Gedeón le ofreció a pesar de la crisis económica que estaba viviendo.

La generosidad nace de la voluntad del corazón. No es algo que Dios nos obligue a hacer, pero sí es algo que le agrada que hagamos. En las Escrituras siempre encontraremos el mismo patrón: los que siembran abundantemente reciben grandes cosechas.[8] Jesús mismo es una ofrenda y presenta las nuestras delante del Padre.[9] Es tiempo de ofrecer a Dios lo que tenemos y agradarlo de esta manera.


[1] Génesis 22:8-17: Y respondió Abraham: Dios se proveerá de cordero para el holocausto, hijo mío. E iban juntos. Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña. Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel de Jehová le dio voces desde el cielo, y dijo: Abraham, Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único. Entonces alzó Abraham sus ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado en un zarzal por sus cuernos; y fue Abraham y tomó el carnero, y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar, Jehová proveerá.[a] Por tanto se dice hoy: En el monte de Jehová será provisto. Y llamó el ángel de Jehová a Abraham por segunda vez desde el cielo, y dijo: Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.

[2] Hebreos 6:13-14: Porque cuando Dios hizo la promesa a Abraham, no pudiendo jurar por otro mayor, juró por sí mismo, diciendo: De cierto te bendeciré con abundancia y te multiplicaré grandemente.

[3] 2 Corintios 9:10: Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia.

[4] Juan 1:29: El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

[5] Efesios 5:1-2: Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante.

[6] Filipenses 4:15-19: Y sabéis también vosotros, oh filipenses, que al principio de la predicación del evangelio, cuando partí de Macedonia, ninguna iglesia participó conmigo en razón de dar y recibir, sino vosotros solos; pues aun a Tesalónica me enviasteis una y otra vez para mis necesidades. No es que busque dádivas, sino que busco fruto que abunde en vuestra cuenta. Pero todo lo he recibido, y tengo abundancia; estoy lleno, habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis; olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios. Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.

[7] Jueces 6:1-18: Los hijos de Israel hicieron lo malo ante los ojos de Jehová; y Jehová los entregó en mano de Madián por siete años. Y la mano de Madián prevaleció contra Israel. Y los hijos de Israel, por causa de los madianitas, se hicieron cuevas en los montes, y cavernas, y lugares fortificados. Pues sucedía que cuando Israel había sembrado, subían los madianitas y amalecitas y los hijos del oriente contra ellos; subían y los atacaban. Y acampando contra ellos destruían los frutos de la tierra, hasta llegar a Gaza; y no dejaban qué comer en Israel, ni ovejas, ni bueyes, ni asnos. Porque subían ellos y sus ganados, y venían con sus tiendas en grande multitud como langostas; ellos y sus camellos eran innumerables; así venían a la tierra para devastarla. De este modo empobrecía Israel en gran manera por causa de Madián; y los hijos de Israel clamaron a Jehová. Y cuando los hijos de Israel clamaron a Jehová, a causa de los madianitas, Jehová envió a los hijos de Israel un varón profeta, el cual les dijo: Así ha dicho Jehová Dios de Israel: Yo os hice salir de Egipto, y os saqué de la casa de servidumbre. Os libré de mano de los egipcios, y de mano de todos los que os afligieron, a los cuales eché de delante de vosotros, y os di su tierra; y os dije: Yo soy Jehová vuestro Dios; no temáis a los dioses de los amorreos, en cuya tierra habitáis; pero no habéis obedecido a mi voz. Y vino el ángel de Jehová, y se sentó debajo de la encina que está en Ofra, la cual era de Joás abiezerita; y su hijo Gedeón estaba sacudiendo el trigo en el lagar, para esconderlo de los madianitas. Y el ángel de Jehová se le apareció, y le dijo: Jehová está contigo, varón esforzado y valiente. Y Gedeón le respondió: Ah, señor mío, si Jehová está con nosotros, ¿por qué nos ha sobrevenido todo esto? ¿Y dónde están todas sus maravillas, que nuestros padres nos han contado, diciendo: ¿No nos sacó Jehová de Egipto? Y ahora Jehová nos ha desamparado, y nos ha entregado en mano de los madianitas. Y mirándole Jehová, le dijo: Ve con esta tu fuerza, y salvarás a Israel de la mano de los madianitas. ¿No te envío yo? Entonces le respondió: Ah, señor mío, ¿con qué salvaré yo a Israel? He aquí que mi familia es pobre en Manasés, y yo el menor en la casa de mi padre. Jehová le dijo: Ciertamente yo estaré contigo, y derrotarás a los madianitas como a un solo hombre. Y él respondió: Yo te ruego que si he hallado gracia delante de ti, me des señal de que tú has hablado conmigo. Te ruego que no te vayas de aquí hasta que vuelva a ti, y saque mi ofrenda y la ponga delante de ti. Y él respondió: Yo esperaré hasta que vuelvas.

[8] 2 Corintios 9:5-8: Por tanto, tuve por necesario exhortar a los hermanos que fuesen primero a vosotros y preparasen primero vuestra generosidad antes prometida, para que esté lista como de generosidad, y no como de exigencia nuestra. Pero esto digo: El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra;

[9] Hebreos 8:1-3: Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre. Porque todo sumo sacerdote está constituido para presentar ofrendas y sacrificios; por lo cual es necesario que también éste tenga algo que ofrecer.

 

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