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El mejor día en la peor semana

El mejor día en la peor semana

28 de marzo de 2021

Tiempo de lectura: 4 minutos

¿Te ha pasado que en una semana muy buena tienes un día malísimo (o viceversa)? Recuerdo el nacimiento de mi hija, Ana Gabriela, cuando todos los días que precedieron fueron de mucha felicidad, pero el día del parto se complicó todo en un lapso de dos horas de tal manera que tanto ella como mi esposa estuvieron en riesgo de muerte. Durante el parto me dispuse a orar por fe y al final bendito Dios que las salvó a ambas. Eso fue lo mejor que nos ocurrió en aquellos días.

La vida está llena de altibajos. Hay momentos muy buenos o malos, pero de una u otra forma terminan en victoria si actuamos por fe. Jesús, luego de tres años de ministerio y de victoria tras victoria, vivió los peores días antes de Su crucifixión. Pero aquella semana no empezó mal: entró en Jerusalén y lo recibieron como rey. ¡Qué mejor augurio para una excelente semana! Sin embargo, no fue así. Los malos momentos empezaron cuando en Getsemaní se mostró vulnerable ante Sus discípulos y les pidió a que permanecieran con Él;[1] sin embargo, no sintió el apoyo de ellos, pues pudieron velar siquiera una hora.[2]

Así nos pasa a veces: apoyamos a otras personas, pero cuando más necesitamos de alguien, nadie nos apoya. Todos le hemos hecho falta a alguien y nos han hecho falta a nosotros. Incluso a Dios le hemos fallado al no apoyarle esmerándonos con nuestro servicio del mismo modo como nos esmeramos cuando se trata de recibir algo para nuestro beneficio. Pero Jesús es experto en manejar este tipo de situaciones y nos enseña que, si alguien no nos apoya, no debemos pagarle de la misma manera porque Él siguió amando a sus discípulos.

Sin embargo, el sufrimiento de Cristo no terminó ahí. Luego apareció Judas para traicionarlo a cambio de treinta monedas de plata (equivalentes a $300 dólares estadounidenses actuales). Pero no fue solo la traición, sino la forma de hacerlo. Y más tarde, cuando ya estaba crucificado, los romanos se burlaron de Él, diciéndole que si era el rey de los judíos bajara de la cruz. Fue entonces cuando se sintió abandonado hasta de Su Padre, pero a pesar de su dolor y su confusión, le encomendó Su Espíritu porque sabía que iba a resucitar tres días después.

Es en este punto donde nos damos cuenta de la importancia de la oración de Jesús en Getsemaní, ya que fue la oración la que le permitió soportar Su pasión. Por eso, aunque la gente no te apoye, te traicione o te abandone, la oración es la clave para soportar y sobrepasar todo. De hecho, Jesús aún tuvo ánimos para dirigirse al ladrón arrepentido y a Juan para encomendarle a Su madre.[3]

Todo aquel sufrimiento de Cristo tuvo un propósito y, antes de que terminara esa misma semana tan convulsa y llena de altibajos, Él resucitó.[4] Ese fue el mejor día de la peor semana. ¡No pudo terminar de mejor manera! Por eso quiero terminar mi mensaje invitándote a compartir con todas las personas las buenas nuevas sobre aquella resurrección que nos redimió de nuestros pecados.


[1] Mateo 26:36-38: Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní, y dijo a sus discípulos: Sentaos aquí, entre tanto que voy allí y oro. Y tomando a Pedro, y a los dos hijos de Zebedeo, comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera. Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo.

[2] Mateo 26:39-41: Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú. Vino luego a sus discípulos, y los halló durmiendo, y dijo a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar conmigo una hora? Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.

[3] Juan 19:25-27: Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

[4] Juan 20:11-18: Pero María estaba fuera llorando junto al sepulcro; y mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro; y vio a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto. Y le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? Les dijo: Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto. Cuando había dicho esto, se volvió, y vio a Jesús que estaba allí; mas no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Ella, pensando que era el hortelano, le dijo: Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo lo llevaré. Jesús le dijo: ¡María! Volviéndose ella, le dijo: ¡Raboni! (que quiere decir, Maestro). Jesús le dijo: No me toques, porque aún no he subido a mi Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. Fue entonces María Magdalena para dar a los discípulos las nuevas de que había visto al Señor, y que él le había dicho estas cosas.

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