El timón de la barca

El timón de la barca

La semana pasada hablé de los vientos contrarios que asediaron la nave donde viajaba Pablo en su camino a Roma y que al final lo ayudaron a cumplir su propósito.[1] Todas las cosas ayudan a bien a los que aman a Dios, por eso hasta las adversidades podrían convertirse en un factor determinante para llegar adonde Dios quiere vernos.

Ya he contado la historia del sacristán cuyo propósito de vida cambió por completo por no saber leer ni escribir. En la parroquia donde trabajaba, el padre le dijo: “Si no aprendes a leer y escribir en tres meses, tendré que reemplazarte”, y como no aprendió fue despedido. Para ganarse la vida se puso a vender chucherías y dulces de forma ambulante hasta que fundó una tienda fija que mucho tiempo después se convertiría en una empresa multimillonaria. Cuando le tocaba firmar algún documento, el antiguo sacristán solo colocaba la huella. Entonces una vez alguien le dijo: “Si todo esto has logrado siendo analfabeto, ¿qué harías si supieras leer y escribir?” Y él respondió: “Sería sacristán”. Dios obró para bien a pesar de la incertidumbre que pasó cuando fue despedido. Igual sucede con nosotros cuando confiamos en Dios: todo nos ayuda a bien.

Todos hemos ofendido y a todos nos han ofendido. La lengua es un arma de doble filo que podría causarnos grandes problemas si no la sabemos usar y nos puede echar a perder mucho más que una conversación.[2] Nuestras palabras son el timón de nuestra vida y no podemos llegar a un buen destino si no las usamos bien.

La Biblia dice que ningún hombre puede domar la lengua. De hecho, una misma lengua podría bendecir a Dios y, contradictoriamente, maldecir a una persona hecha a su imagen y semejanza. Eso no puede ser así.[3] Si hablas mal de un cuadro que pintó Picasso, a quien estás ofendiendo no es al cuadro, sino a su creador. Lo mismo sucede cuando hablamos mal de alguien.

Nuestra lengua tan pequeña en nuestro ser como también lo es el timón para naves tan grandes como un barco o un avión, sin embargo, es lo suficientemente poderosa para conducir nuestra vida, así que el uso que le demos determinará nuestro destino. Todos nos hemos metido en problemas por culpa de la boca. Las heridas del corazón también son provocadas por palabras, no solo por hechos.

Bendigamos a las personas como bendecimos Dios, porque por nuestras palabras seremos juzgados. [4] Es cierto que a veces decimos cosas malas aunque no seamos malas personas, pero eso no nos da licencia para insultar. ¡Procuremos que de nosotros solo fluyan cosas buenas!

Tú decides qué, cuándo y cómo hablar. ¡Decide que tus palabras ayuden a otros a crecer espiritualmente![5] Jesús usó el ejemplo de la higuera para enseñarnos que si lo bueno que decimos se cumple, también se puede cumplir lo malo. Todo lo que declares con tu boca creyéndolo de corazón, se cumplirá.[6] Por eso hablemos lo bueno, lo agradable, lo de buen nombre y lo que es digno de alabanza.[7] Dale un freno a tu lengua antes de hablar cosas malas y pídele al Señor que te ayude a tomar el timón de forma correcta para llegar a tu destino.


[1] Hechos 27:23-25: Pues anoche se me apareció un ángel, enviado por el Dios a quien pertenezco y sirvo, y me dijo: “No tengas miedo, Pablo, porque tienes que presentarte ante el emperador romano, y por tu causa Dios va a librar de la muerte a todos los que están contigo en el barco.”  Por tanto, señores, anímense, porque tengo confianza en Dios y estoy seguro de que las cosas sucederán como el ángel me dijo.

[2] Santiago 3:2-6: Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo. He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo. Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere. Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, ¡cuán grande bosque enciende un pequeño fuego! Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.

[3] Santiago 3:7-10: Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana; pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal. Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios. De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.

[4] Mateo 12:33-37: O haced el árbol bueno, y su fruto bueno, o haced el árbol malo, y su fruto malo; porque por el fruto se conoce el árbol. ¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.

[5] Efesios 4:29 (TLA): No digan malas palabras. Al contrario, digan siempre cosas buenas, que ayuden a los demás a crecer espiritualmente, pues eso es muy necesario.

[6] Marcos 11:21-24: Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.

[7] 1 Pedro 3:10: Porque: el que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño.

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