¡Gracias, Jesús, por la bendición de Abraham!

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Sabemos que el justo por la fe vivirá, pero ¿qué significa esa afirmación? Ser justo o justificado implica ser una persona correcta, merecedora de recibir las bendiciones de Dios[1]. A veces, tenemos problema con determinar qué es justo, y en general, buscamos la justicia. ¿Qué tal cuando una persona decide colarse en la fila del banco? Protestamos porque no es justo que otro llegue a tomar un lugar que hemos esperado, ¿verdad? Nos incomoda la injusticia, que otros tomen ventaja de forma abusiva. Estoy seguro de que todos podemos contar algún momento en el que nos sentimos víctimas de una injusticia. Tal vez en tu familia o en tu trabajo. En casa, por ejemplo, yo pensaba que era injusta la forma de corregir a mi hermana, porque, de hecho, ¡no la corregían! O por lo menos eso pensaba yo. Pero en la Palabra dice que nuestra justificación viene por Cristo, es decir, que a través de Él somos vistos como personas correctas.

Jesús es el único que puede darnos ese regalo, porque Él es el camino, la verdad y la vida. A pesar de que lo sabemos, parece que somos buenos para hacer caminos donde realmente no hay y nos desviamos buscando soluciones y respuestas lejos de Él. Somos como esas personas que, en medio del tráfico, no les importa salirse del carril y avanzar sobre la cuneta al lado de la carretera, aunque tarde o temprano tendrán que pedir vía para incorporarse de nuevo a uno de los carriles, lo cual, dicho sea, es una forma abusiva y peligrosa de manejar. Dejemos de buscar camino donde no hay, dejemos de buscar vías alternas porque solo nos alejamos de Jesús, el único que realmente puede justificarnos y darnos bendición.

¿Qué caminos pensamos que son válidos? Uno de ellos es el camino de la ley, sin embargo, Jesús ya cumplió la ley al tomar nuestro lugar y cumplir la condena por el pecado, así que no somos justificados por la ley, sino por la gracia de Dios, quien hizo cumplir la ley y nos dio libertad. Sabemos que el diablo es el padre de la mentira y busca convencernos de que solo por el cumplimiento de la ley somos justificados; él busca que dejemos de creer en Jesús como el único camino, porque desea llenarnos de culpa, hacernos sentir que no merecemos las bendiciones que Dios desea darnos. Recuerdo que mi papá preguntaba alguna vez: ¿Cuántos le piden perdón a Dios antes de pedir algo? Claro que muchos levantamos la mano, pero nos dijo que estábamos equivocados porque lo mejor sería dar gracias por el regalo del perdón y por lo que sabemos que nos daría. Pero no lo hacemos así porque pensamos que para pedir bendición o para evitar maldición debemos cumplir ciertos requisitos. Así es como nos volvemos legalistas y hasta supersticiosos. Pensamos que debemos tocar madera para cancelar alguna negatividad, que debemos adorar o alabar a Dios con cierta cantidad de canciones, de lo contrario, no nos escuchará, pero Él desea bendecirnos y no será por ley sino por gracia que lo hará.

Otro camino incorrecto para recibir bendición es el de nuestras obras. Esto me hace recordar a un joven que le pedía a Jesús una bicicleta para navidad. Primero le aseguraba que había sido excelente estudiante y el mejor hijo; luego, lo pensó mejor, y fue un poco más sincero al decir que había obedecido a sus padres y no había reprobado ninguna materia; pero al final no pudo mentir y dijo: “No es cierto, me he portado mal, déjalo así, yo me compraré la bicicleta”. Pensamos que nuestra conducta condiciona a Dios, pero no es así, por lo que debemos sentirnos confiados y dignos de recibir la bendición de Abraham, por la justificación que Jesús nos da, no por nuestras buenas obras[2]. ¿Te ha sucedido que esperas un ascenso en el trabajo, pero se lo dan al cuñado del jefe o al amigo del encargado, aunque sabes que no califica para el puesto? Esa injusticia te molesta, porque tú has demostrado con acciones que eres capaz y supuestamente ese debería ser el parámetro para la selección del candidato. Por supuesto que así es en el mundo, sin embargo, para Dios es diferente porque no elige a las personas por sus acciones sino conforme a Su propósito. ¿Qué había hecho Abram para merecer la maravillosa bendición que recibió? ¡Nada! Dios lo escogió porque sabía lo que haría con él y a través de él, sabía que tenía la fe suficiente para obedecerlo. Abram fue justificado por su fe. Lo mismo sucede ahora, porque nos eligió a pesar de que andábamos descarriados. ¿Tú hubieras elegido a un padre de familia que ofreció a su mujer a un rey, y a un hijo que hizo lo mismo? ¿Hubieras escogido como linaje a once hermanos que vendieron a su hermano menor? ¡Gracias a Dios que no tenemos una familia así! Aun así, nos quejamos y limitamos la bendición de nuestra familia porque alguien no regresó a la hora que dijo o porque nos cuesta perdonar. ¡Dios nos bendice porque nos ama y porque Jesús ya pagó el precio por esa bendición!

El mundo nos dice que debemos cumplir requisitos para recibir bendición, como si estuviéramos buscando trabajo y todo dependiera de nuestro currículum. Pero con Dios no es así. Él no está pendiente de tus errores para restarte puntos y tener excusas para no bendecirte. Él no dice el domingo: “No, no, no te voy a bendecir porque no cantaste las tres alabanzas lentas. No te voy a bendecir porque ayer dijiste una mala palabra…” Preséntate con humildad, con toda tu humanidad y defectos a pedir tu bendición. Si cometiste errores, si enfrentaste un divorcio, si caíste en tentación, igual acércate a tu Padre y pídele que te bendiga. No se trata de ser caradura y hacer barrabasadas sin remordimiento, se trata de convencernos de que la gracia y el amor de nuestro Padre son más grandes que cualquier error, y si le pedimos con un corazón humilde y lleno de fe, Él no nos rechazará, porque no depende de nosotros, al contrario, nosotros dependemos de Él. Si ya nos dio la bendición más grande que es la salvación, a través de Su Hijo, Jesús, cómo nos negaría la bendición de Abraham, mediante el mismo Jesús. Por eso puedes presentarte delante de Él, confiadamente y decirle: “Señor, aquí estoy como soy, bendíceme con la misma bendición de Abraham e Isaac. Te acepto, te amo, confieso que caminaré como la personas justa y bendita que soy”. No creas el engaño del diablo que dice: “Así como eres, Dios no te bendecirá”. ¡Somos benditos en Cristo Jesús! Eres justo por tu fe, por medio de Jesús, no por tus obras. Nadie puede jactarse de que no ha cometido errores, pero los cristianos podemos asegurar que el amor y la gracia de Dios nos justifican y nos hacen merecedores de bendición[3].

¿Alguna vez tu hijo te ha presentado sus calificaciones y ves que ha perdido cursos, por lo que no le das algo que él esperaba? Cuando era niño, antes de uno de mis cumpleaños, cometí un error en el colegio. Yo sabía que esa llamada de atención era suficiente para que mi papá no me diera la bola de boliche que me había prometido, así que le escribí una carta anticipada pidiéndole perdón. Cuando mi papá la leyó, me dijo: “Te daré el regalo porque te lo prometí, no porque lo merezcas”. ¡Así es Dios, nos bendice porque nos ama a pesar de nuestra conducta y porque lo prometió! Es más, gracias al sacrificio de Jesús, cuando Dios ve la boleta de calificaciones con nuestro nombre, ve las notas de Jesús, y tiene cien en todo. Entonces, nos dice: “Pídeme lo que quieras”. ¡Qué regalo más grande! Jesús se merece todo, así que tú también porque nuestra justificación viene por Él. Al verte, nuestro Padre mira a Jesús, así que deja de pedir por tus obras, por la ley, pide en el nombre de Jesús. ¡Eres merecedor de todo, gracias a Él!

Pablo decía que todo lo podía en Cristo porque sabía que Él lo justificaba y lo fortalecía[4]. Pídele a tu Padre la bendición de Abraham y al Espíritu Santo, en el nombre de Jesús. Puedes pedirle ese milagro de anhelas, la sanidad, los recursos, la restauración, porque todo lo podemos en Cristo. Digamos confiados: “Gracias, Señor, porque no es por la ley o por nuestras obras que somos justificados, sino que es por el sacrificio de Jesús en la cruz. En Su nombre soy justo y vivo por fe. Aprovecharé toda la bendición de Abraham que me has dado, viviré una vida abundante en amor, Palabra y poder”.


[1] Gálatas 3:11-14 NTV: Queda claro, entonces, que nadie puede hacerse justo ante Dios por tratar de cumplir la ley, ya que las Escrituras dicen: «Es por medio de la fe que el justo tiene vida». El camino de la fe es muy diferente del camino de la ley, que dice: «Es mediante la obediencia a la ley que una persona tiene vida». Pero Cristo nos ha rescatado de la maldición dictada en la ley. Cuando fue colgado en la cruz, cargó sobre sí la maldición de nuestras fechorías. Pues está escrito: «Maldito todo el que es colgado en un madero». Mediante Cristo Jesús, Dios bendijo a los gentiles con la misma bendición que le prometió a Abraham, a fin de que los creyentes pudiéramos recibir por medio de la fe al Espíritu Santo prometido.

[2] Romanos 9:9-13 NTV: Pues Dios había prometido: «Volveré dentro de un año, y Sara tendrá un hijo». Ese hijo fue nuestro antepasado Isaac. Cuando se casó con Rebeca, ella dio a luz mellizos. Sin embargo, antes de que nacieran, antes de que pudieran hacer algo bueno o malo, ella recibió un mensaje de Dios. (Este mensaje demuestra que Dios elige a la gente según sus propósitos; él llama a las personas, pero no según las buenas o malas acciones que hayan hecho). Se le dijo: «Tu hijo mayor servirá a tu hijo menor». Como dicen las Escrituras: «Amé a Jacob, pero rechacé a Esaú».

[3] Romanos 3:22-28: La justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos los que creen en él. Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, con la mira de manifestar en este tiempo su justicia, a fin de que él sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús. ¿Dónde, pues, está la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿Por la de las obras? No, sino por la ley de la fe. Concluimos, pues, que el hombre es justificado por fe sin las obras de la ley.

[4] Filipenses 4:13: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.

 

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