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Isaías 54

Isaías 54

25 de julio de 2023

Tiempo de lectura: 6 minutos

El profeta Isaías le recordó al pueblo qué pasaba si se alejaba de Dios y, por lo contrario, lo que sucedía si tenían una relación cercana con Él. El capítulo 53 es uno de los cantos mesiánicos: anuncia al siervo que sería entregado y derramaría Su sangre para que fuéramos justificados. El capítulo 54 habla de todas estas promesas que tenemos si nos relacionamos con el siervo: Cristo; mientras que el 55 habla de la misericordia eterna sobre nuestra vida.

En el antiguo pacto, Israel era el pueblo de Dios; en el nuevo, la Iglesia es Su pueblo. Por ello hay tres promesas en las que Dios utiliza un vocabulario único: porque se dirige a Su pueblo de tres maneras. Primero: “Oh, mujer estéril”; después: “Eres viuda”; y, por último: “Mujer afligida”.[1] Por lo tanto, cuando el profeta le habló al pueblo fue para recordarles y resaltarles que seguían necesitando de la ayuda del Señor y Él resalta la condición de pecadores para mostrar que todavía lo necesitamos.

En 1 Reyes se refiere a viuda para mostrar cómo Elías llegó con protección ante la muerte y ante la falta de recursos de la viuda de Sarepta.[2] Cuando Dios le dijo al pueblo “Eres como viuda”, estaba recordándoles que Él es el Hacedor y por lo tanto nada les faltaría. Y esa es la primera promesa: “Serán fuertes” porque Él es Todopoderoso y pelea por cada uno. Nuestra fortaleza es en Cristo.

La segunda promesa, “Serán prósperos”, se relaciona con lo que el profeta dijo: “Eres como mujer afligida”. Habla acerca de la pobreza y la debilidad que viene de esta. Sin embargo, cuando se dirigió a la mujer afligida le prometió: “Tus cimientos serán de piedras preciosas”. La promesa de Dios es que seremos benditos y prosperados.[3] Él no tiene ningún problema con dar, pero sí lo tiene con la avaricia y el egoísmo; porque si le da a Su pueblo, Su pueblo puede ser de bendición para muchos.

Un buen gobierno significa prosperidad en tu vida. Cuando la mujer se postró delante de Jesús, Él ordenó su sanidad y trajo implicaciones en su economía.[4] Dios quiere prosperarte, pero no puede hacerlo si no es el primer lugar en tu vida.

La tercera promesa, “Serán numerosos”, está relacionada a cuando el profeta dice: “Mujer estéril”. Para el pueblo hebreo era fácil de comprender porque Sara, Rebeca y Raquel fueron estériles; y la promesa a Abraham acerca de ser padre de naciones se cumplió a través del milagro. La promesa de Dios para la Iglesia es que seamos numerosos para compartir el Evangelio; habla acerca de la bendición de ser muchos.

Sé intencional en compartir las Buenas Nuevas de Cristo. Hay más personas que necesitan escuchar Su mensaje de salvación. Somos justificados por Su sangre y por ello tenemos acceso al Padre. No somos una iglesia cómoda que cruce los brazos porque ya obtuvo la salvación; estamos llamados a ser una Iglesia que se incomode para alcanzar a quien necesite ser alcanzado.


[1] Isaías 54: 1-17 (NBLA): Grita de júbilo, oh estéril, la que no ha dado a luz; prorrumpe en gritos de júbilo y clama en alta voz, la que no ha estado de parto; porque son más los hijos de la desolada que los hijos de la casada —dice el Señor. Ensancha el lugar de tu tienda, extiende las cortinas de tus moradas, no escatimes; alarga tus cuerdas, y refuerza tus estacas. Porque te extenderás hacia la derecha y hacia la izquierda; tu descendencia poseerá naciones, y poblarán ciudades desoladas. No temas, pues no serás avergonzada; ni te sientas humillada, pues no serás agraviada; sino que te olvidarás de la vergüenza de tu juventud, y del oprobio de tu viudez no te acordarás más. Porque tu esposo es tu Hacedor, el Señor de los ejércitos es su nombre; y tu Redentor es el Santo de Israel, que se llama Dios de toda la tierra. Porque como a mujer abandonada y afligida de espíritu, te ha llamado el Señor, y como a esposa de la juventud que es repudiada —dice tu Dios. Por un breve momento te abandoné, pero con gran compasión te recogeré. En un acceso de ira escondí mi rostro de ti por un momento, pero con misericordia eterna tendré compasión de ti —dice el Señor tu Redentor.

Porque esto es para mí como en los días de Noé, cuando juré que las aguas de Noé nunca más inundarían la tierra; así he jurado que no me enojaré contra ti, ni te reprenderé. Porque los montes serán quitados y las colinas temblarán, pero mi misericordia no se apartará de ti, y el pacto de mi paz no será quebrantado —dice el Señor, que tiene compasión de ti. Oh afligida, azotada por la tempestad, sin consuelo, he aquí, yo asentaré tus piedras en antimonio, y tus cimientos en zafiros. Haré tus almenas de rubíes, tus puertas de cristal y todo tu muro de piedras preciosas. Todos tus hijos serán enseñados por el Señor, y grande será el bienestar de tus hijos. En justicia serás establecida. Estarás lejos de la opresión, pues no temerás, y del terror, pues no se acercará a ti. Si alguno te ataca ferozmente, no será de mi parte. Cualquiera que te ataque, por causa de ti caerá. He aquí, yo he creado al herrero que sopla las brasas en el fuego y saca una herramienta para su trabajo; yo he creado al devastador para destruir. Ningún arma forjada contra ti prosperará, y condenarás toda lengua que se alce contra ti en juicio. Esta es la herencia de los siervos del Señor, y su justificación viene de mí —declara el Señor.

[2] 1 Reyes 17:8-24: Vino luego a él palabra de Jehová, diciendo: Levántate, vete a Sarepta de Sidón, y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente. Entonces él se levantó y se fue a Sarepta. Y cuando llegó a la puerta de la ciudad, he aquí una mujer viuda que estaba allí recogiendo leña; y él la llamó, y le dijo: Te ruego que me traigas un poco de agua en un vaso, para que beba. Y yendo ella para traérsela, él la volvió a llamar, y le dijo: Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano. Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir. Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra. Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías.

Después de estas cosas aconteció que cayó enfermo el hijo del ama de la casa; y la enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento. Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo? Él le dijo: Dame acá tu hijo. Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó al aposento donde él estaba, y lo puso sobre su cama. Y clamando a Jehová, dijo: Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciéndole morir su hijo? Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él. Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió. Tomando luego Elías al niño, lo trajo del aposento a la casa, y lo dio a su madre, y le dijo Elías: Mira, tu hijo vive. Entonces la mujer dijo a Elías: Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.

[3] Salmos 118:25 (NBLA): Te rogamos, oh Señor, sálvanos ahora; Te rogamos, oh Señor, prospéranos ahora.

[4] Marcos 5:25-34: Pero una mujer que desde hacía doce años padecía de flujo de sangre, y había sufrido mucho de muchos médicos, y gastado todo lo que tenía, y nada había aprovechado, antes le iba peor, cuando oyó hablar de Jesús, vino por detrás entre la multitud, y tocó su manto. Porque decía: Si tocare tan solamente su manto, seré salva. Y en seguida la fuente de su sangre se secó; y sintió en el cuerpo que estaba sana de aquel azote. Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él, volviéndose a la multitud, dijo: ¿Quién ha tocado mis vestidos? Sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te aprieta, y dices: ¿Quién me ha tocado? Pero él miraba alrededor para ver quién había hecho esto. Entonces la mujer, temiendo y temblando, sabiendo lo que en ella había sido hecho, vino y se postró delante de él, y le dijo toda la verdad. Y él le dijo: Hija, tu fe te ha hecho salva; ve en paz, y queda sana de tu azote.

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