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La arquitectura de la oración (III)

La arquitectura de la oración (III)

13 de septiembre de 2020

Tiempo de lectura: 4 minutos

Jesús nos enseñó una breve oración[1] cuya estructura la hace poderosa. Se desarrolla en orden de prioridades: primero debemos a dirigirnos a Dios como nuestro Padre, de quien somos hijos por espíritu de adopción; después, debemos santificar Su nombre. Luego corresponde pedir que venga Su reino y que se haga Su voluntad.

Pero ¿qué es el reino de Dios? La Biblia aclara que es la justicia, la paz y el gozo en el Espíritu Santo y que no debemos confundirlo con la satisfacción de nuestras necesidades humanas.[2] Por lo tanto, una de las características de las personas que viven en Su reino es que saben que la justicia viene de Dios y que no está fundamentada en las palabras, sino en poder.[3]

La fe no debe basarse en las palabras persuasivas de un predicador, ni en su elocuencia y ni siquiera en su sabiduría, sino exclusivamente en la manifestación del poder del Espíritu Santo.[4] Para ver el reino de Dios también debemos nacer de nuevo en el Espíritu.[5] Son muchas las parábolas que hablan del reino de Dios, pero te recomiendo escudriñar estas siete: El sembrador, El trigo y la mala cizaña, El grano de mostaza, La levadura, El tesoro escondido, La perla de gran precio y La red lanzada al agua para sacar peces.

Ahora bien, en cuanto a hacer la voluntad de Dios, debemos saber que Su voluntad es buena, agradable y perfecta.[6] Esto no significa que hacerla siempre vaya a ser fácil para nosotros, pero debemos confiar en que todas las cosas ayudan a bien para quienes le aman. Lo que hoy vemos como “malo” podría ser el camino que nuestro Padre nos mostró para levantarnos. Motivémonos a hacer la voluntad de Dios como algo que nos da energías. Jesús, incluso, vio esto como si se tratara de su “comida”.[7] Él sabía que hacer la voluntad del Padre era el vehículo que luego le daría paz a pesar de su calvario.

Sabemos que la voluntad de Dios es buena, pero no basta con saber cuál es su voluntad, también debemos llevarla a cabo, poner de nuestra parte para que se cumpla. Jesús ejemplificó esto con la historia del hombre que les pidió a sus dos hijos que fueran a trabajar en su viña[8] y de igual modo la Biblia está llena de testimonios que nos hablan acerca de personas que hicieron la voluntad de Dios.[9] Incluso Cristo hizo la voluntad del Padre[10] y su recompensa fue que Su nombre fuera exaltado sobre todo nombre.[11]

Si Dios es nuestro Padre y nuestro Señor, merece toda la honra y nuestro respeto.[12] Debemos aprender a presentarnos delante de Él sabiendo quién es Él. Así que dale el honor que se merece y pídele que te ayude a llevar a encontrar Su reino y a llevar a cabo Su voluntad en la tierra.


[1] Mateo 6:9-13: Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

[2] Romanos 14:17: Porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.

[3] 1 Corintios 4:20: Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.

[4] 1 Corintios 2:1-5: Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

[5] Juan 3:3: Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

[6] Romanos 12:2: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

[7] Juan 4:34: Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra.

[8] Mateo 21:28-31: Pero ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos, y acercándose al primero, le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña. Respondiendo él, dijo: No quiero; pero después, arrepentido, fue. Y acercándose al otro, le dijo de la misma manera; y respondiendo él, dijo: Sí, señor, voy. Y no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre? Dijeron ellos: El primero. Jesús les dijo: De cierto os digo, que los publicanos y las rameras van delante de vosotros al reino de Dios.

[9] Hechos 13:22: Quitado éste, les levantó por rey a David, de quien dio también testimonio diciendo: He hallado a David hijo de Isaí, varón conforme a mi corazón, quien hará todo lo que yo quiero.

[10] Mateo 26:38-39: Entonces Jesús les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí, y velad conmigo. Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.

[11] Filipenses 2:5-11: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre.

[12] Malaquías 1:6-8: El hijo honra al padre, y el siervo a su señor. Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor? dice Jehová de los ejércitos a vosotros, oh sacerdotes, que menospreciáis mi nombre. Y decís: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo. Y dijisteis: ¿En qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable. Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo cuando ofrecéis el cojo o el enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe; ¿acaso se agradará de ti, o le serás acepto? dice Jehová de los ejércitos.

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