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Las heridas del alma

Las heridas del alma

05 de diciembre de 2019

Tiempo de lectura: 5 minutos

Todos llevamos dentro de nosotros un poder dado por el Espíritu Santo. Nuestro trabajo es descubrirlo y usarlo para cumplir nuestro propósito. Comúnmente cometemos el error de creer que nuestras debilidades limitan nuestro potencial. Nos sentimos muy por debajo del llamado que Dios nos hizo y eso nos frustra. Tenemos que confiar en que el Señor nos hará vivir los procesos necesarios para que nuestro potencial salga a luz.

Una mañana David se levantó muy intranquilo por un pensamiento que llevaba varios días rondando su cabeza. Sus súbditos le preguntaron si había algo que le preocupara y él les comento del pacto que tenía con su amigo Jonatán. Este pacto consistía en ser leal con las amistades del otro y luchar en contra de los enemigos del otro. Cuando murió Jonatán y su familia, David se quedó sin poder cumplir ese pacto y eso le causaba intranquilidad, tenía un asunto pendiente y quería solucionarlo.

Uno de los súbditos de David llamado Siba escuchó la plática que estaba teniendo el rey y le dio la información que estaba buscando. Siba le dijo que sí existía un pariente de su amigo Jonatán con el cual podía cumplir el pacto que había hecho. Solo existía un problema, esta persona se encontraba en Lodebar, un lugar de total incomunicación.[1] Hay muchos que hoy se encuentra en un sitio similar a Lodebar, se encuentran incomunicados con Dios y con sus sueños. En alguna curva de la vida, la arena se coló en alguna ranura de su alma y los dejó lisiados del corazón, sin esperanzas de cumplir su propósito. 

Lodebar tipifica ese lugar en donde hemos perdido el contacto con nuestros sueños. Empezamos a vivir en los “casis” y este es el lugar más triste en el que se puede estar. Casi era pastor, casi era ingeniero, casi me caso con la mujer de mi vida, casi compro la casa que anhelaba, casi entro al trabajo de mis sueños. Esto es sumamente frustrante, estar a unos pasos de acceder a lo que soñamos pero no hacerlo.

Mefiboset, hijo de Jonatán, representa en la Biblia lo que pudo ser pero no fue. Estaba destinado a ser rey pero un infortunio lo privó de ese privilegio que tenía por derecho de sangre. Por si no fuera suficientemente malo el haber perdido el trono, también por azares del destino había quedado lisiado de sus tobillos. Mefiboset les daba una orden a sus piernas y estas no respondían. Nos pasa muy similar a nosotros cuando queremos ser más espirituales, damos una orden a nuestra mente pero esta no responde. Nos proponemos ser grandes hombres y mujeres de Dios pero no respondemos a sus instrucciones. Damos orden a nuestras emociones pero estas no responden y eso nos hace sentir minusválidos del alma.

Existen momentos de inflexión en donde todo cambia, en la vida de Mefiboset ese día fue a los cinco años, su padre y su abuelo mueren en una misma batalla. En ese momento comienza una cacería de brujas en contra de él. Su nodriza lo carga y sale huyendo de sus perseguidores, en ese instante resbala con una rama y el niño cae de entre sus brazos. Se escucha un crujir de huesos rotos, los tobillos del pequeño Mefiboset quedarían lisiados a partir de ese momento. Cuantos hemos sentido que alguien nos dejó caer y que a partir de ese día algo se quebró dentro de nosotros. Sentimos que nos dejaron caer ese día que no correspondieron nuestro amor o el día que alguien abuso de nosotros y nos robó la inocencia. Esos sucesos dejan una huella en nuestra alma.

Cuantas veces Mefiboset habrá maldecido a su nodriza. No solo habían quedado lisiados sus tobillos, sino que su alma estaba tullida. Por más adversa que sea la situación, siempre necesitaremos de esos procesos duros para que nuestro carácter sea formado. Hubo otro momento de inflexión en la vida de Mefiboset, el rey se acordó de un viejo juramento entre amigos y eso iba a provocar que todo cambiara. La comitiva del rey se presentó en Lodebar buscando a Mefiboset, él se encontraba tan roto que ni siquiera quería presentarse delante de David.[2] Las heridas de la vida llegan a ser tan profundas que incluso pueden drenarnos el deseo de presentarnos delante de Dios. Siba entró a Lodebar buscando a Mefiboset para sacarlo de ese lugar. Siba es figura del Espíritu Santo porque es quien nos busca y nos trae de brazos delante de la presencia del rey.

David le recordó a Mefiboset que era un príncipe. No importaba quien lo había dejado caer o lo roto que se sentía, él seguía siendo parte de un linaje real. Después de un buen baño, Mefiboset se dirige a la mesa del palacio para comer. Todos sentados en la mesa del palacio se veían como realeza, porque el mantel les cubría las piernas a todos, en ese breve momento Mefiboset dejaba de ser un lisiado y se hacía parte de la familia real. El mantel de nuestra vida es la gracia, nos permite sentarnos en la mesa como realeza sin importar que haya pasado. La gracia tapa nuestros defectos y cicatrices. Nos permite volver a creer que podemos comenzar de nuevo.  

Después de cuatro meses me gusta imaginar que Mefiboset se empieza a sentir intranquilo porque recuerda a los que se quedaron en Lodebar. Ellos no vendrán a menos que él se interne a la cueva y los traiga al palacio. Siba había ido por él, ahora a él le toca ir por sus amigos, esos que lo acompañaron en sus peores momentos. El Señor no tiene problemas en usar gente rota para realizar grandes proezas. Él no nos mide desde nuestras piernas lisiadas, nos mide desde el sacrificio de Jesús en la cruz. Hoy el Espíritu Santo se quiere meter a la cueva de nuestro dolor y cargarnos de regreso al palacio. Hay un lugar reservado para nosotros en la mesa de Dios.


[1]2 Samuel 9:1-4: Dijo David: ¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia por amor de Jonatán? Y había un siervo de la casa de Saúl, que se llamaba Siba, al cual llamaron para que viniese a David. Y el rey le dijo: ¿Eres tú Siba? Y él respondió: Tu siervo. El rey le dijo: ¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl, a quien haga yo misericordia de Dios? Y Siba respondió al rey: Aún ha quedado un hijo de Jonatán, lisiado de los pies. Entonces el rey le preguntó: ¿Dónde está? Y Siba respondió al rey: He aquí, está en casa de Maquir hijo de Amiel, en Lodebar.

[2]2 Samuel 9:7-9: Y le dijo David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonatán tu padre, y te devolveré todas las tierras de Saúl tu padre; y tú comerás siempre a mi mesa. Y él inclinándose, dijo: ¿Quién es tu siervo, para que mires a un perro muerto como yo? Entonces el rey llamó a Siba siervo de Saúl, y le dijo: Todo lo que fue de Saúl y de toda su casa, yo lo he dado al hijo de tu señor.

 

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