El límite del amor

CONÓCENOS

¿Te ha pasado que Dios te pide que hables sobre algo por lo que estás pasando? A mí me ha sucedido. Entonces le pregunté al Señor por qué me pedía hablar sobre un tema delicado que justo estaba intentando superar. Y Él me respondió: “Yo me hago fuerte en tu debilidad.” Si glorificas el nombre del Señor en cada una de esas áreas débiles y permites que Él se haga fuerte, te aseguro que te usará en esa misma área para bendecir a otras personas. Si fuiste adicto a las drogas o a la pornografía, Dios te usará para ayudar a otros en esos temas. Si superaste la dificultad financiera, podrás enseñar a las personas a lograrlo. Estoy convencida de que podemos predicar sobre aquello que hemos superado, ya que la experiencia le da peso a la Palabra. Podemos decir: “Tranquilos, yo lo viví y Dios se hace fuerte en nuestra debilidad”.

Hace unos años, yo estaba peleada con el amor, estaba lastimada y no me quería casar. Entonces, se casó mi hermano Juan Diego y todos me preguntaban: “Tú, ¿para cuándo? ¿Y el novio?” Llegué al punto de decirle a mi mamá: “Creo que yo te voy a cuidar toda la vida porque no me voy a casar.” Me desesperé mucho, me caía mal que la gente me comentara cosas, porque estaba dolida. Pensaba: “¿Quién me va a querer? ¿Quién me aguantará?” Y le dije al Señor: “Estoy desesperada, no entiendo, quieres que te sirva soltera o casada, ¡¿qué onda?! Honestamente, quiero servirte casada, quiero tener a mi familia, amar a mi esposo, crear una nueva generación que se levante fundamentada en Tu Palabra.” Y me respondió: “Te has escuchado”. En ese momento, me di cuenta de mi error y le dije: “Perdóname, porque con mis palabras he limitado Tus planes en mi vida, lo que has querido hacer conmigo.” A partir de ese momento, cuando me preguntaban algo sobre mi futuro matrimonial, antes de responder, recordaba que no debía condenarme con mis palabras y decía con buena actitud: “Sí, ya aparecerá el novio”. Cuando Dios quiere cambiar nuestros pensamientos, duele, porque está rompiendo con algo que creímos y acostumbramos por mucho tiempo. Él nos reta a rebasar nuestros límites.

Especialmente, en el amor, nosotros ponemos los límites. El amor que recibes y das encuentra los límites en ti, por una sencilla razón, por tu conciencia, tu percepción de ti mismo. Algunos son libres para entregar todo a Dios y a los demás, pero hay algunos a quienes nos cuesta pasar el límite de ser amados y amar. Sin embargo, debemos recordar que la Palabra es clara al decirnos: “El que no ama, no ha conocido a Dios”[1]. No dice: “El que no es amado”. Así que lo importante es amar, no buscar ser amado. Hay muchas personas que ya recibieron a Jesús, pero en el proceso de ser amados y amar, algo ha estorbado. Y solo amando realmente conocemos el carácter y el corazón de Dios. Cuando comenzamos a vivir el amor por los demás, aunque cuesta, realmente comprendemos a nuestro Señor.

Dios nos enseña a amar dando todo. Sabemos que Jesús se despojó de Su naturaleza divina por nosotros[2], pasó por las tentaciones y las superó para darnos ejemplo. ¿Imaginas qué hubiera pasado si Él se aferra a su posición como Dios y Señor?[3] Si hubiera dicho: “Que ellos se las arreglen”. Muchas veces actuamos así. Para algunos es más fácil preocuparse por los demás y ayudar, mientras que para otros es un poco más difícil. Sin embargo, tenemos el mandato de amarnos[4].

Recordemos cuando Jesús estaba en casa de un fariseo y llegó una mujer a lavarle los pies con perfume. El fariseo juzgó en su pensamiento, pero ¿quién le dijo a él que no era pecador? Algunos se vuelven arrogantes por sus habilidades y talentos. Entonces, al ver esa actitud de condena, Jesús compartió la parábola de los dos deudores. La conclusión es que ama más la persona a quien se le ha perdonado más[5]. Esta enseñanza es poderosa ya que, realmente todos teníamos una deuda que no podíamos pagar. Determinar quién debe más es relativo. Analicemos un poco. A los dos deudores se les perdonó; claro que quinientos denarios es mucho más que cincuenta, aunque para ambos era una deuda imposible de pagar, así que los dos agradecieron infinitamente. No sabemos cuántos eran los pecados del fariseo, comparados con los de la mujer, pero ambos podían recibir perdón. Entonces, no debemos caer en el error de compararnos y pensar que amamos menos porque se nos ha perdonado menos que a otros, ya que lo importante es descubrir que se nos ha perdonado todo, por lo que debemos amar sin medida. Debemos ser quienes más amemos, ya que, desde nuestra perspectiva, hemos sido a quienes más se nos ha perdonado. ¡Si ya no debes nada, ama con todo!

La vida de cada uno de nosotros es diferente, por eso, Dios nos ama y perdona sin importar si hemos cometido más o menos errores que otras personas, así que debemos ser quienes más amamos. Y para lograrlo debemos liberarnos del pasado y soltar nuestras cargas. Si continuamos encadenados a lo que ha sucedido en nuestra vida y nos lamentamos: “Ayyy, pobrecito yo, me abandonaron, abusaron de mí, me lastimaron, no tengo nada, no tengo perdón”, no podremos amar a nuestra familia, hijos, cónyuge, padres y amigos. Tu mente, tu conciencia y corazón deben liberarse, soltar las cargas que te impiden amar y dar el buen ejemplo que deseas compartir. Es como ese fariseo que estaba atado a una forma de ver la vida, a su religiosidad y cargaba con la arrogancia que le impedía ver con gracia y misericordia a la mujer que lavaba los pies de Jesús. El fariseo tenía a Jesús sentado a su mesa, pero su orgullo le impedía verlo como el único que podía perdonar sus pecados y liberarlo de la culpa. Las circunstancias de tu vida pueden estar limitando tu potencial para amar, esos dones y talentos que Dios ha puesto en ti para que los compartas. No sigas cargando aquello por lo que Jesús ya pagó. Él ya cargó la cruz, ya dio el pago por tu rescate. Recuerda que cuando no manejamos bien nuestras emociones, incluso nos enfermamos. Libérate para sanar física y espiritualmente.

En la Palabra, leemos que cada año, los judíos hacían sacrificios en búsqueda de congraciarse y encontrar perdón, pero eso no limpiaba su conciencia. Año tras año, traían a memoria sus pecados, por lo que seguramente era difícil amar con toda esa carga encima[6]. Pero vino Jesús, hermoso, preciosísimo, el único capaz de limpiar nuestra conciencia de obras muertas para que sirvamos a Dios[7]. Si Él ya no recuerda nuestras faltas, ¿por qué lo haríamos nosotros?

Y ¿cómo podemos mantener nuestro corazón sano después de recibir el perdón y la salvación? Si observamos a Jesús, nos damos cuenta de que oraba todos los días porque enfrentaba las tentaciones de la carne como nosotros, así que se dejaba guiar por el Espíritu Santo. De esa forma pudo caminar correctamente como humano y darnos ejemplo de vida.

¿Qué te ha limitado a amar como Dios te amó? ¿A qué estás aferrado, a qué ofensa, algún recurso material del cual depende tu alegría, tus emociones? ¿Estás atado a una persona que te abandonó hace mucho tiempo? Si esa persona ya no está, libérate. Hay gente que ha caminado mucho tiempo aferrado a su pasado, a tal punto que ha querido quitarse la vida. Pero debemos recordar que Jesús murió y resucitó para que tengamos vida; lo único que necesitamos es encontrar nuestro propósito, descubrir qué hay que soltar y hacerlo. Hay mucha gente que está esperando que te levantes para compartir tu testimonio, para dar aliento y consejo a través de lo que Dios ha hecho en tu vida, lo que perdonó, lo que restauró y validó.

El amor de Jesús vino a liberarte y provocar que lleves Su amor a otros, donde quiera que estés. Tal vez alguien en la universidad o en la oficina necesita ayuda y eres tú el designado para brindarle apoyo. Rompe con ese límite de buscar ser amado y ama sin límites. Suelta tus cargas para darle la mano a otros, derriba tus muros. Yo lo he hecho.

¿Quieres amar como Dios te ha amado? Piensa en tus límites, en lo que necesitas cambiar. Renueva tu vida para llevar el amor de Dios. ¿Qué carga debes entregarle? Dásela y toma la de Él que es más ligera. Es tiempo de vivir bajo Su gracia. Olvida el pecado que cometiste, supéralo, Jesús te dice: “¿De qué error me estás hablando? ¡Ya no lo recuerdo!” Reconcíliate con tu Señor, supera ese límite que te impones por tu pasado. El amor de Dios es tan grande que hace posible lo imposible. Sabemos que la salvación era imposible, pero nos la ha dado por amor. ¿Qué harás hoy que parece imposible? ¿A quién le llevarás ese amor, quién lo necesita? ¿Qué harás por tu familia y tus amigos? ¿Quién necesita de tu amor? Recibe a Jesús, reconcíliate con Él, dile: “Te doy gracias, te abro mi corazón, perdona mis pecados, quiero ser libre para amar, borra todo lo malo en mi conciencia. Rompe las barreras, renueva mis pensamientos y mis fuerzas. ¡Úsame como quieras!”


[1] 1 Juan 4:7-9: Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él.

[2] 1 Juan 4:10-11: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros.

[3] Filipenses 2:5-8: Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.

[4] Juan 13:34-35: Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.

[5] Lucas 7:36-50: Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

[6] Hebreos 10:1-4: Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que se ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos a los que se acercan. De otra manera cesarían de ofrecerse, pues los que tributan este culto, limpios una vez, no tendrían ya más conciencia de pecado. Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.

[7] Hebreos 9:14: ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual mediante el Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?

 

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