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Milagros a distancia

Milagros a distancia

02 de agosto de 2020

Tiempo de lectura: 3 minutos

Sabemos que Jesús hizo muchos milagros durante Su ministerio y por lo general no los hacía de la misma manera. En algunas ocasiones impuso las manos, en otra oportunidad hizo lodo con su saliva y a veces solo daba una Palabra a distancia. Debemos permanecer confiados en que ninguna circunstancia podrá limitar la manifestación del poder de Dios en nuestra vida. Esta pandemia de COVID-19 es una gran oportunidad para que sucedan milagros en nuestra salud, finanzas y familia.

En la historia del centurión romano nos damos cuenta de que algunos pensaban que era digno de un milagro y, sin embargo, él se consideraba indigno. Sin importar las acciones que hubiese realizado, él confío en que con una sola palabra de parte de Jesús el milagro podía suceder.[1] El poder del Señor se manifiesta por nuestra fe, no solo por nuestras obras.

¿Qué pasaría si Jesús nos dijese que vendrá a nuestra casa? ¿Cómo nos prepararíamos para recibirlo? Seguramente arreglaríamos todo de la mejor manera para sorprenderlo. Vale la pena preguntarse por qué el centurión romano no se consideraba digno de recibir a Jesús en su casa. Imaginémonos qué tan desordenada podía ser su vida y su casa para que no quisiera que Él lo visitara.

Los estudiosos de las Escrituras afirman que en la casa del centurión romano podía haber imágenes de muchos dioses, desorden sexual entre sus habitantes y muchas otras cosas contrarias a las enseñanzas de Cristo. Pero sin importar los errores en su vida, al final él no puso su mirada en ellos, sino en la Palabra de Jesús; y eso fue lo que marcó la diferencia.

A Jesús le gustaba visitar a las personas en sus casas. Visitó a Zaqueo, a Lázaro, a Pedro y a muchos más. En el caso del centurión romano, él fue quien decidió que Jesús no lo visitara. La distancia no la puso Cristo, ni el siervo del centurión, sino el centurión mismo.[2] La distancia que experimentamos a causa del COVID-19 no la elegimos nosotros, sino que la determinó una circunstancia externa.

Los factores que nos rodean pueden condicionar la distancia que tenemos con Dios, pero no podrán limitar Su poder. Si creemos en Él, los milagros sucederán. El factor interno, o sea, la fe, siempre será más determinante que cualquier circunstancia.

El centurión romano se movió para ver un milagro por aquel que no podía hacerlo. Tenemos que aplicar este ejemplo y movernos a favor de alguien más. Hay gente que no se puede mover, pero guarda la esperanza de que nosotros lo hagamos por ellos. ¡Nuestra fe puede provocar milagros en la gente que nos rodea!

A veces le pedimos a Dios creyendo que somos dignos de un milagro. El error al pedir de esta manera es que empezamos a fundamentar nuestra fe en las acciones que realizamos. La gente pensaba que el centurión romano era digno de un milagro por haberles construido una sinagoga, pero ese no fue el factor determinante para que sucediera.

Quizás estamos cometiendo el error de alinear nuestras peticiones a las acciones que realizamos, olvidando que los milagros suceden por Su Palabra. Jesús, a través del sacrificio que hizo por nosotros en la cruz, nos hace dignos delante del Padre. No tiene que ver con lo que hacemos, sino con lo que creemos. Pongamos nuestra confianza en Él y creamos por los milagros que queremos ver en nuestra vida. La solución para cualquier problema siempre podremos hallarla en Su Palabra.


[1] Lucas 7:1-10: Después que hubo terminado todas sus palabras al pueblo que le oía, entró en Capernaum. Y el siervo de un centurión, a quien éste quería mucho, estaba enfermo y a punto de morir. Cuando el centurión oyó hablar de Jesús, le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese y sanase a su siervo. Y ellos vinieron a Jesús y le rogaron con solicitud, diciéndole: Es digno de que le concedas esto; porque ama a nuestra nación, y nos edificó una sinagoga. Y Jesús fue con ellos. Pero cuando ya no estaban lejos de la casa, el centurión envió a él unos amigos, diciéndole: Señor, no te molestes, pues no soy digno de que entres bajo mi techo; por lo que ni aun me tuve por digno de venir a ti; pero dí la palabra, y mi siervo será sano. Porque también yo soy hombre puesto bajo autoridad, y tengo soldados bajo mis órdenes; y digo a éste: Vé, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace. Al oír esto, Jesús se maravilló de él, y volviéndose, dijo a la gente que le seguía: Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe. Y al regresar a casa los que habían sido enviados, hallaron sano al siervo que había estado enfermo.

[2] Mateo 8:5-8: Entrando Jesús en Capernaum, vino a él un centurión, rogándole, y diciendo: Señor, mi criado está postrado en casa, paralítico, gravemente atormentado. Y Jesús le dijo: Yo iré y le sanaré. Respondió el centurión y dijo: Señor, no soy digno de que entres bajo mi techo; solamente di la palabra, y mi criado sanará.

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