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Oír a Dios

Oír a Dios

04 de mayo de 2019

Tiempo de lectura: 2 minutos

Una vez tuve la oportunidad de oír la voz a Dios y para mí fue muy impactante, de esas experiencias inolvidables. Ocurrió cuando era adolescente, días después de recibir a Jesús en mi corazón. Unos amigos y yo acordamos ir a bailar a una discoteca, pero esa noche, en cuanto puse un pie en el lugar, escuché una voz que me dijo: “La alegría que tú vienes a buscar a este lugar, yo ya te la di”. Desde entonces me di cuenta de que no tenía nada que hacer allí, no tenía por qué buscar en otra parte la alegría que el Señor ya me había dado.
Escuchar la voz de Dios es algo sobrenatural y muchas veces pasa sin que podamos comprender lo que estamos experimentando. El capítulo 12 de Juan nos dice algo sobre esa voz, mientras Jesús tenía una conversación con nuestro Padre.[1] Él reconoce nuestra voz y sabe cuáles son nuestras necesidades. Nos conoce de tal forma que nos habla justo como lo necesitamos, en un lenguaje que podamos entender y por medio de cualquier persona, ya sea un líder, un esposo, un hermano o un padre, por ejemplo.
Ahora bien, también podemos oír voces del enemigo, pero es importante que no las confundamos con la voz del Espíritu Santo. ¿Cómo identificar a quién estamos oyendo? Por ejemplo, si un hombre está casado y yo sintiera deseos de meterme con él, definitivamente no sería la voz de Dios la que me estaría induciendo. Si tengo un negocio y quisiera hacerle daño a mi competencia, tampoco. Y esto es porque la voz de Dios solo puede inducirte a hacer cosas en beneficio de alguien más, no para destruirlo. Una mujer que oye a Dios siempre estará dispuesta a ayudar, pero no para ganar protagonismo, sino porque sabe que de esa forma lo estará glorificando a Él.
Querida jovencita: por experiencia te puedo asegurar que tendrás un futuro de bendición si decides escuchar al Señor como se escucha a un amigo.[2] Él nos habla constantemente y puede hacerlo de muchas formas, y aunque talvez no siempre nos hable como a nosotras nos gustaría, sus propósitos son de bien y nunca dejarán de serlo. Por eso pídele que te hable y procura que todo lo que hagas de ahora en adelante sea para glorificarlo.


[1] Juan 12:28-30 (NTV): Padre, glorifica tu nombre». Entonces habló una voz del cielo: «Ya he glorificado mi nombre y lo haré otra vez». Al oír la voz, algunos de la multitud pensaron que era un trueno, mientras que otros decían que un ángel le había hablado. Entonces Jesús les dijo: «La voz fue para beneficio de ustedes, no mío.
[2] Apocalipsis 3:20: ¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos.

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