Sus palabras son mis palabras

CONÓCENOS

Sabemos que hombres y mujeres tenemos diferente capacidad para hablar. Los hombres somos capaces de hablar siete mil palabras al día, mientras la mujer tiene capacidad para hablar veinte mil, por eso, al final del día, ellas tienen demasiado que hablar, cuando los hombres seguramente ya nos gastamos nuestras palabras durante el día. ¡El hombre debería tener tres oídos y la mujer media boca! A propósito de las palabras, Dios nos comparte enseñanzas poderosas.

Aunque suene algo radical, Dios nos dice que seremos juzgados por nuestras palabras ociosas, aquellas vacías, perezosas, en neutro, que no producen,[1] así que no solo las palabras malas nos condenan. ¡Lo que decimos es importante! Dios nos dejó las palabras para crear, porque en la boca está el poder de la vida y de la muerte. Nuestro Señor nos asegura que el hombre comerá del fruto de sus labios, por lo tanto, lo que hablamos es determinante. Los cristianos a veces pensamos que cambiar de forma de hablar significa decir: “Gloria a Dios, aleluya”, todo el día, pero no, a lo que Dios se refiere es a que seamos capaces de usar nuestro lenguaje cotidiano para decir algo positivo. Por lo tanto, si quieres saber qué tan bien hablas, debes quitarte las muletas religiosas y hablar de forma sencilla. Nadie dice a sus hijos: “Gloria Dios, aleluya, levántate, este es el día que hizo el Señor, alégrate”. Y por más que estés lleno del Espíritu Santo, tampoco le dices a tu esposa: “Ohhh, rabakándara, yamakabasha, ohhh”. Si lo hicieras te diría: “¿Whaaaat?” Habla claro y comparte mensaje de bendición. Hay personas que hablan y enferman, pero otros, al hablar, comparten sanidad[2]. Hablemos palabras de sabiduría porque de esa forma somos como bálsamo para otras personas[3].

Cuando el Señor confrontó a Sus discípulos y les dijo que podían irse si querían, Pedro dijo que no porque solo Él tenía palabras de vida eterna[4]. Escojamos con quién hablamos para que escuchemos palabras de vida y bendición. Debemos educar a nuestros hijos con ese tipo de palabra que avivan nuestro ser, no que secan nuestros huesos, palabras que hagan sonreír, no que provoquen tristeza. Jesús se diferenciaba por Sus palabras. ¿Te sucede igual? ¿Las personas quisieran pasar tiempo contigo porque das ánimo? Debemos ser como esos entrenadores que hacen la diferencia entre el primero y segundo tiempo de su equipo, porque en el intermedio, los animan y motivan para ganar. Qué tal si nuestro día es así; tal vez en el primer tiempo, antes del almuerzo, no nos fue tan bien, pero en el segundo tiempo, después del almuerzo, nos reunimos con alguien que nos motiva para que remontemos ese marcador negativo.

La Escritura nos habla de alguien que creyó, por lo tanto, habló cuando estaba afligido en gran manera. Entonces, ¿qué usó esa persona para salir de su aflicción?, palabras[5]. Demos gracias al Señor por Su Palabra que anima, exhorta, da paz, gozo y nos lleva a la victoria. Declaremos que somos Sus hijos, coherederos con Cristo, campeones, más que victoriosos. Mientras declaramos de esa forma, algo cambia para bien. Aprendamos el método de nuestro Padre, quien habló para crear lo bueno. Decimos creer algo, pero hablamos otra cosa, al final, realmente creemos lo que hablamos. Si de verdad tienes fe, declárala. Las palabras que están de acuerdo a lo que creo, producen lo que espero. Podemos estar afligidos en gran manera, pero debemos hablar lo que creemos, no lo que vivimos. En medio de la enfermedad, hablemos sanidad. Quien cree y confiesa, obtiene lo que espera.

Cuando Elías tuvo el encuentro con la viuda que le pidió ayuda, todo fue cuestión de palabras. Ella estaba sin esperanza, decía que no tenía nada y declaró muerte. Pero Elías la presionó para creer, le pidió que le cocinara algo con lo poco que ella decía tener y fue multiplicado. No puedes decir que tu empresa está a punto quebrar si acabas de declarar en la iglesia que Dios proveerá. Tu familia te quiere ver seguro de lo que va a pasar, declarando lo bueno que va a ocurrir, porque el que creyere con el corazón y confesare con su boca obtendrá lo que espera. La viuda alababa a Dios y luego decía que no tenía para comer. Parece que ya estaba afectada de la cabeza, del corazón y de la boca, por eso hablaba con lamentos a pesar de dar gloria a Dios. Si sale una alabanza de tu boca, todo lo que continúa debe ser optimismo no pesimismo. De qué sirve tanta formalidad religiosa si a la hora de la práctica no hay nada. Así como roncamos debemos dormir, ¡más consistencia!

El profeta le pidió de comer a la viuda porque debía estar vivo para proclamar el día de la lluvia y dar fin a la sequía. En esa historia, se cumplió la Palabra de Dios, la de Elías y también la de la viuda[6], aunque eran contrarias. Si no cancelas tus palabras negativas, de poco servirá la palabra de bendición de Dios a través de un profeta. De tu boca debe salir lo bueno que sucederá[7]. Fue ella quien dijo: “Moriremos”. Cancela tus palabras de muerte porque Dios quiere darnos vida en abundancia.

Limpia tu sistema operativo de esos virus que se han implantado por las palabras que escuchas y dices. Tu sistema emocional y tu mente tienen un virus porque no has perdonado. La ofensa trae negativismo; puede ser que perdones, pero si no actúas para erradicar el virus, te quedas contaminado, entonces, nadie te puede hablar, todo te molesta. Tus malas decisiones, tus errores, te dejan un virus; si las cosas no salieron bien, debes reaccionar correctamente y superarlo, así que debes correr un programa de antivirus en tu sistema para sanar y evitar que el mal continúe haciendo daño en ti. Instala otro software, la Palabra del Señor, en tu sistema para que seas renovado. En medio de una conversación negativa, te contaminas con un virus; entonces, tu sistema operativo se pone lento, pierde capacidad de reacción y de transmisión de datos, por eso, hay que limpiar ese sistema para que recobre la velocidad. Muchas veces, luego de una conversación resultas con desconfianza y temor, te conviertes en murmurador, ¡te contagias de un virus que debes limpiar[8]! Reúnete con gente que ofrezca conversaciones correctas. Si tuviste un problema con tu cónyuge y te dicen: “No seas tonta, no lo perdones”, te contaminas con el virus del rencor, te pones a la defensiva y todo va peor. Lo mejor es escuchar y obedecer a Dios.

Isaías visualizó un día malo, como de muerte, porque estaba rodeado de malas conversaciones y se había contaminado. Entonces, el ángel puso un carbón en la boca del profeta, por lo que él cambió sus palabras y dijo: “Envíame a mí”. Notemos que el ángel no tocó su corazón o su mente, tocó su boca y su oído fue afinado para escuchar al Señor[9]. No escuchamos más a Dios porque hablamos mal. Corrige tus palabras para escuchar más de la sabiduría de tu Padre. Sabemos que la voz que más escuchamos es la nuestra porque muchas veces nos hablamos, así que tu boca debe ser extensión de la de Dios. Cuando cambiamos nuestra manera de hablar, mejoramos nuestra capacidad de escuchar, ya que ponemos atención solo a quienes hablan como nosotros. Deja de hablar raro y habla claro. Que ninguna palabra corrupta salga de tu boca, sino que solo las que sean de edificación. Dios quiere tocar tu boca para corregir tu manera de hablar y de vivir. Haz el ejercicio de repetir las palabras correctas para mejorar tu ánimo y eliminar las palabras incorrectas. El uso apropiado de las palabras cambiará tu vida para bien.  Dile: “Señor, te pido que toques mis labios y los purifiques para que hable solo palabras renovadas, positivas y de bendición”.


[1] Mateo 12:36: Mas yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio.

[2] Proverbios 12:18: Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina.

[3] Proverbios 15:7: La boca de los sabios esparce sabiduría; no así el corazón de los necios.

[4] Juan 6:68: Le respondió Simón Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.

[5] Salmo 116:10: Creí; por tanto hablé, estando afligido en gran manera.

[6] 1 Reyes 17:12-22: Y ella respondió: Vive Jehová tu Dios, que no tengo pan cocido; solamente un puñado de harina tengo en la tinaja, y un poco de aceite en una vasija; y ahora recogía dos leños, para entrar y prepararlo para mí y para mi hijo, para que lo comamos, y nos dejemos morir. Elías le dijo: No tengas temor; ve, haz como has dicho; pero hazme a mí primero de ello una pequeña torta cocida debajo de la ceniza, y tráemela; y después harás para ti y para tu hijo. Porque Jehová Dios de Israel ha dicho así: La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra. Entonces ella fue e hizo como le dijo Elías; y comió él, y ella, y su casa, muchos días. Y la harina de la tinaja no escaseó, ni el aceite de la vasija menguó, conforme a la palabra que Jehová había dicho por Elías. Después de estas cosas aconteció que cayó enfermo el hijo del ama de la casa; y la enfermedad fue tan grave que no quedó en él aliento. Y ella dijo a Elías: ¿Qué tengo yo contigo, varón de Dios? ¿Has venido a mí para traer a memoria mis iniquidades, y para hacer morir a mi hijo? Él le dijo: Dame acá tu hijo. Entonces él lo tomó de su regazo, y lo llevó al aposento donde él estaba, y lo puso sobre su cama. Y clamando a Jehová, dijo: Jehová Dios mío, ¿aun a la viuda en cuya casa estoy hospedado has afligido, haciéndole morir su hijo? Y se tendió sobre el niño tres veces, y clamó a Jehová y dijo: Jehová Dios mío, te ruego que hagas volver el alma de este niño a él. Y Jehová oyó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él, y revivió.

[7] 1 Pedro 3:10: Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; quieres ver días buenos, debes corregir tus palabras.

[8] 1 Corintios 15:33: No erréis; las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres.

[9] Isaías 6:5-8: Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos. Y voló hacia mí uno de los serafines, teniendo en su mano un carbón encendido, tomado del altar con unas tenazas; y tocando con él sobre mi boca, dijo: He aquí que esto tocó tus labios, y es quitada tu culpa, y limpio tu pecado. Después oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí.

 

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