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Perdona nuestras deudas

Perdona nuestras deudas

04 de octubre de 2020

Tiempo de lectura: 5 minutos

La estructura de la oración que nos enseñó Jesús[1] no deja cabida a la casualidad. Notemos que inicia poniendo en primer lugar a Dios, santificando su nombre, pidiendo que venga Su reino y que se haga Su voluntad; luego, se pide la provisión de cada día. Como he venido explicando en sesiones anteriores este orden tiene su razón de ser. Lo siguiente consiste en pedir perdón por las deudas.[2] Este es el tema que nos compete estudiar hoy.

Sé que la mayoría de nosotros aprendimos a orar pidiendo perdón primero y después lo demás. Sin embargo, en la arquitectura de la oración que nos enseñó Jesús podemos notar que este no es el orden propuesto por él. En ella se pide el pan antes de pedir perdón porque Dios, aun antes de ser juez, es nuestro Padre y ningún padre castiga a su hijo privándolo de la comida.

No obstante, el perdón es tan importante que, luego de enseñarles la oración completa, Jesús hace énfasis en la importancia de perdonar, así como nos perdona nuestro Padre.[3] Este tipo de “perdón de deudas” no solo se refiere a deudas económicas, sino también a pecados y ofensas,[4] incluso las que hemos cometido en contra de otras personas. En este contexto, lo que le pedimos al Padre es que nos perdone, pero que también nos dé fuerzas y voluntad para perdonar a otros.

Jesús nos enseñó una parábola hermosa sobre el reino de Dios y el valor del perdón: la del siervo al que le fue perdonado por su rey una deuda de 10 mil talentos, pero que no pudo perdonar a un semejante una deuda de cien denarios.[5] Para que nos hagamos una idea de la diferencia entre una denominación y otra, un talento equivale a 6 mil denarios y un denario equivale al salario de una jornada. Esto significa que el rey le perdonó al primer deudor el equivalente a 60 millones de días de trabajo, lo que es lo mismo que 164,184 años de trabajo sin siquiera un día de descanso. El otro deudor, en cambio, con solo ahorrar la tercera parte de su salario habría salido de su deuda.

Si traemos estos ejemplos a un contexto actual (año 2020) multiplicando esos 60 millones de días de trabajo por el salario mínimo de Guatemala, podríamos concluir que ese siervo le debía 4 mil millones de quetzales a su rey, y si estuvieran en Estados Unidos hubiera sido la misma cantidad, pero en dólares. 

Ahora bien, la razón de traer a colación estas cantidades es para que podamos comprender que hay un perdón que nos otorga nuestro Padre y hay otro que otorgamos nosotros a nuestros semejantes. Dimensionar la diferencia abismal entre uno y otro es el propósito de esta parábola. No hay comparación entre el perdón que nos ha otorgado nuestro rey en comparación a las ofensas que hemos recibido de nuestros semejantes. Su perdón para nosotros incluye la vida eterna.

De hecho, gracias a un episodio del Nuevo Testamento que marcó mi vida cuando recién me convertí al Señor a los veinte años, aprendí que quien más ha sido perdonado puede llegar a amar más.[6] No se trata del tamaño del pecado, sino del tamaño del perdón; el precio tan grande que Dios pagó. Si tan solo confesamos nuestros pecados, Él nos perdonará.[7] Por eso dale gracias a nuestro Padre y pídele que tu conciencia nunca te haga creer que no cuentas con Su perdón. Ámalo tanto como quien más ha pecado en el mundo porque lo mismo que Él pagó por unos pagó también por otros.


[1] Mateo 6:9-13: Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy. Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén.

[2] Mateo 6:12: Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.

[3] Mateo 6:14-15: Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.

[4] Lucas 11:14: Y perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben.

[5] Mateo 18:23-35: Por lo cual el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y comenzando a hacer cuentas, le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. A éste, como no pudo pagar, ordenó su señor venderle, y a su mujer e hijos, y todo lo que tenía, para que se le pagase la deuda. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor de aquel siervo, movido a misericordia, le soltó y le perdonó la deuda. Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos, que le debía cien denarios; y asiendo de él, le ahogaba, diciendo: Págame lo que me debes. Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino fue y le echó en la cárcel, hasta que pagase la deuda. Viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y refirieron a su señor todo lo que había pasado. Entonces, llamándole su señor, le dijo: Siervo malvado, toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos, hasta que pagase todo lo que le debía. Así también mi Padre celestial hará con vosotros si no perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano sus ofensas.

[6] Lucas 7:36-50: Uno de los fariseos rogó a Jesús que comiese con él. Y habiendo entrado en casa del fariseo, se sentó a la mesa. Entonces una mujer de la ciudad, que era pecadora, al saber que Jesús estaba a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume. Cuando vio esto el fariseo que le había convidado, dijo para sí: Este, si fuera profeta, conocería quién y qué clase de mujer es la que le toca, que es pecadora. Entonces respondiendo Jesús, le dijo: Simón, una cosa tengo que decirte. Y él le dijo: Di, Maestro. Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de ellos le amará más? Respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel a quien perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado. Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados. Y los que estaban juntamente sentados a la mesa, comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.

[7] 1 Juan 1:9: Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.

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