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Santa Cena

Santa Cena

04 de septiembre de 2022

Tiempo de lectura: 3 minutos

La mayoría de nosotros hemos tenido un encuentro personal con Jesús, pero solo cuando conocemos más de Él nuestra confianza crece. Mientras más lo conocemos, más confianza nos inspira, y esa confianza es la que nos lleva a experimentar las bendiciones del Padre.

Recuerdo que alguna vez alguien me preguntó: “¿Quién eres, Hugo?”, y por un momento caí en el error de enumerar todo lo que yo hacía, lo cual no responde a la pregunta de quién soy en realidad. Saber quiénes somos es importante más allá de que existan personas que no estén de acuerdo con ello. Esto fue lo que le sucedió a Jesús cuando reveló a los judíos quién era Él.[1] Quizá la seguridad con la que les reveló Su identidad no les terminó de agradar. Y es que la seguridad con la que decimos al mundo quiénes somos es lo que puede determinar el ánimo con el que nos levantamos cada mañana, pero también nuestra confianza en el Padre que nos ama.

Tengo un hijo de dieciséis años, pero traga como tres muchachos de su edad. Cuando llega de la calle, abre la refrigeradora de la casa y come todo lo que encuentra. Yo, como su papá, le ha dado esa autoridad y él conoce su identidad como hijo mío. Y es que cuando sabemos quiénes somos y lo que nos ha sido dado por derecho, no tenemos ningún tipo de reparo o protocolo al momento de pedir lo que deseamos. Dios, a través del sacrificio de Jesús en la cruz, no solo nos limpió de pecados y nos dio la vida eterna,[2] sino también nos entregó la bendición de prosperidad y multiplicación que en su momento dio a Abraham.

En aquella misma ocasión cuando Jesús reveló a los judíos quién era Él, también instituyó lo que ahora conocemos como la Santa Cena.[3] Cuando tomamos el pan que representa el cuerpo de Cristo y el vino que representa Su sangre estamos reconociendo que Él pagó un alto precio por el perdón de nuestros pecados y nuestra salvación, pero también se trata de un recordatorio de las bendiciones que nos corresponden por derecho. El alto precio para que obtuviéramos esta triple bendición nunca fue un impedimento para Dios porque Él nos ama tanto que siempre ha estado dispuesto a darnos todo. El problema ocurre cuando no nos creemos merecedores y no somos capaces de dimensionar que la cuenta ya está saldada, y que lo único que necesitamos es apoderarnos de esa promesa.

La Santa Cena es la comunión del Padre con Sus hijos, pero además es el recordatorio de lo que valemos para Dios y de lo que nos pertenece por gracia y derecho.


[1] Juan 6:39-42: Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Murmuraban entonces de él los judíos, porque había dicho: Yo soy el pan que descendió del cielo. Y decían: ¿No es este Jesús, el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros conocemos? ¿Cómo, pues, dice este: Del cielo he descendido?

[2] Juan 6:47: De cierto, de cierto os digo: El que cree en mí, tiene vida eterna.

[3] Juan 6:48-53: Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto, y murieron. Este es el pan que desciende del cielo, para que el que de él come, no muera. Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo. Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.

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