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El amor de toda madre

El amor de toda madre

08 de mayo de 2022

Tiempo de lectura: 3 minutos

En 1 Reyes 3:16-28 hay una historia que quiero compartirles:

En aquel tiempo vinieron al rey dos mujeres rameras, y se presentaron delante de él. Y dijo una de ellas: ¡Ah, señor mío! Yo y esta mujer morábamos en una misma casa, y yo di a luz estando con ella en la casa. Aconteció al tercer día después de dar yo a luz, que esta dio a luz también, y morábamos nosotras juntas; ninguno de fuera estaba en casa, sino nosotras dos en la casa. Y una noche el hijo de esta mujer murió, porque ella se acostó sobre él. Y se levantó a medianoche y tomó a mi hijo de junto a mí, estando yo tu sierva durmiendo, y lo puso a su lado, y puso al lado mío su hijo muerto. Y cuando yo me levanté de madrugada para dar el pecho a mi hijo, he aquí que estaba muerto; pero lo observé por la mañana, y vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz. Entonces la otra mujer dijo: No; mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto. Y la otra volvió a decir: No; tu hijo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Así hablaban delante del rey.

El rey entonces dijo: Esta dice: Mi hijo es el que vive, y tu hijo es el muerto; y la otra dice: No, mas el tuyo es el muerto, y mi hijo es el que vive. Y dijo el rey: Traedme una espada. Y trajeron al rey una espada. En seguida el rey dijo: Partid por medio al niño vivo, y dad la mitad a la una, y la otra mitad a la otra. Entonces la mujer de quien era el hijo vivo, habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: ¡Ah, señor mío! dad a esta el niño vivo, y no lo matéis. Mas la otra dijo: Ni a mí ni a ti; partidlo. Entonces el rey respondió y dijo: Dad a aquella el hijo vivo, y no lo matéis; ella es su madre. Y todo Israel oyó aquel juicio que había dado el rey; y temieron al rey, porque vieron que había en él sabiduría de Dios para juzgar.

De aquí podemos sacar varias conclusiones: las dos mujeres eran prostitutas, las dos eran madres y, sobre todo, las dos querían serlo, pues ninguna de las dos estaba dispuesta a quedarse sin un hijo, sin importar a qué se dedicaban. Ambas sabían que tenían que darle el pecho y cuando una de ellas se dispuso a hacerlo se dio cuenta de que el niño estaba muerto, pensando por un momento que era su hijo hasta que llegó la luz del día, se dio cuenta de la verdad y pidió justicia al rey.

Si analizamos esta escena desde el corazón de una madre podemos ver que la mujer que provocó accidentalmente la muerte de su hijo quiso seguir siendo madre —aunque fuera del hijo de otra mujer—, por eso no me apresuro a juzgarla y, de hecho, a ninguna de las dos; ni por ser prostitutas, ni por el descuido que una de ellas tuvo, ni por el hecho de intentar hasta la última artimaña con tal de no perder la posibilidad de seguir siendo mamá.

Toda madre merece respeto sin importar si es prostituta o presidenta de un país. Qué complejo debió ser para cualquiera de las mujeres de esta historia explicarle su oficio a su hijo cuando este creciera. ¿Cómo explicarle que los pañales, los biberones y la comida los ganó vendiendo su cuerpo? ¿Cómo sería para ese niño, cuando fuera joven adulto, seguir respetando a su madre sin importar su oficio?

Actualmente en el mundo hay muchas historias parecidas a esta —sin tener que entrar necesariamente en asuntos sexuales— que dejan en claro todo lo que debe pasar una mujer para ejercer su maternidad con amor. No quiero ni imaginar lo que viven algunas madres con tal de alimentar a sus hijos, pero lo que no dejo de admirar es que nada les arranca el corazón de madre.

Mujer, no permitas que nada ni nadie te arranque ese corazón de madre: ni las malas experiencias, ni los abusos que hayas sufrido, ni los abandonos de un esposo y ni siquiera el abandono de tus hijos. Una madre es para siempre y sin importar las circunstancias. Yo aún tengo a mi mamá de 81 años y sé que es capaz de lanzarme una chancleta si le da la gana. Y le podré decir: “Pero, mamá, ya estoy grande”, pero a ellas no les importa la edad que tengamos, siempre seguiremos siendo sus bebés.

Por eso bendigo y pido a Dios por todas las mamás, pero en especial por las olvidadas: aquellas que han hecho grandes sacrificios por sus hijos aun cuando estos se han desentendido de ellas; aquellas que no han tenido tiempo para divertirse y ni siquiera para ir al cine por estar trabajando para que ellos tengan educación; a las que se quitaron el bocado de su boca y nunca se dieron un lujo con tal de cubrir las necesidades de los suyos. A todas ellas honro de corazón en este día. ¡Dios las bendiga!

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