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Santidad en comunidad

Santidad en comunidad

14 de noviembre de 2021

Tiempo de lectura: 4 minutos

Hay acciones que nos son permitidas, pero eso no quiere decir que nos edifiquen.[1] Veamos el caso de un deportista de alto rendimiento. Imaginémoslo en su día de descanso, yendo a un restaurante de comida rápida y pedir un menú con mucha grasa saturada. Está claro que a él nadie le prohibirá la entrada al restaurante para evitar que se coma un almuerzo alto en calorías, pero supongamos que más tarde se va a otro restaurante y vuelve a pedir otro menú similar o incluso menos saludable que el anterior. Tampoco habrá nadie que se lo prohíba: los vendedores lo atenderán como a cualquier otro cliente y él estará en su derecho comerse toda la comida chatarra que quiera… Claro: a menos que venga un buen amigo[2] a decirle: “Oye, eso que estás haciendo no está bien para tu salud, vas a perder la forma y perderás todas las competencias”. Pues bien: este amigo es el que cumple la función de comunidad, pues lo ayudará a razonar y lo mantendrá con los pies sobre la tierra en el cumplimiento de sus objetivos.

Igual pasa en el reino de Dios. Desde el inicio de los tiempos[3] el Señor estableció comunidades para que cada individuo se mantuviera en santidad. La razón de consagrarnos en santidad es tener mejores propósitos de vida y cuando no crecemos espiritualmente es porque no tenemos una vida consagrada. Hay un nivel de santidad que, al igual que el ejemplo que expuse más arriba, solo podemos alcanzar si estamos en comunidad. ¡Nos necesitamos unos a otros! Nuestra santidad completa solo la podemos alcanzar con conciencia comunitaria.

Cuando pecamos y no hay remordimiento de nuestra parte, nuestro corazón empieza a endurecerse y luego a rebelarse,[4] haciéndonos creer que no estamos en ningún error, hasta llegar a un punto donde nos volvemos inconscientes de nuestra propia ceguera espiritual.

A diferencia de la ceguera física —en la que un ciego conoce y vive su padecimiento—, la ceguera espiritual no nos permite darnos cuenta de nuestra discapacidad visual. Cuando llegamos a este punto, difícilmente alguien podrá sacarnos de nuestro error, a menos que alguien más —que represente nuestra vida en comunidad— nos lo haga ver.

Cuando nuestro corazón se llena de orgullo y altivez solemos creer que siempre tenemos la verdad y nuestros argumentos nos hacen sentir superiores a las demás personas; y esto ocurre porque sin darnos cuenta hemos caído en una ceguera espiritual que no nos permite ver que estamos errando.

Para recapacitar, arrepentirnos de nuestros errores y regresar al camino correcto muchas veces necesitaremos a alguien que nos reprenda y nos vuelva a hacer sentir en comunidad. Esto fue lo que le pasó al rey David cuando tomó para sí a una mujer que no era suya y Dios le envió a Natán para reprenderlo.[5] Entonces podemos ver que incluso él, siendo rey, necesitó de la comunidad; de alguien que le dijera: “Lo que hiciste estuvo mal”.

Por lo tanto, ahora te invito a reflexionar: ¿quién es el “Natán” de tu vida? ¿Quién te puede encarar de frente cuando te equivocas y hacerte recuperar la santidad? Alguien que te diga: “No dar facturas en tu empresa, no es correcto”, o “La forma en la que tratas a tu esposa no es correcta”, o “Tu pasión por servir ya no es la misma que antes”. ¿De qué pecado deseas arrepentirte hoy?

Por último, quiero hacerte dos recomendaciones puntuales: 1. Pertenece a una comunidad que vele por tu santidad; y 2. Vela por la santidad de tu comunidad. Dios quiere llevar pureza y santidad a tu vida. Ese un regalo para ti de parte de Dios y de tu iglesia porque esta te ayuda a permanecer en comunidad.


[1] 1 Corintios 10:23: Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.

[2] 1 Corintios 10:24: Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.

[3] Génesis 2:18: Y dijo Jehová Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él.

[4] Hebreos 3:12-15 (NTV): Por lo tanto, amados hermanos, ¡cuidado! Asegúrense de que ninguno de ustedes tenga un corazón maligno e incrédulo que los aleje del Dios vivo. Adviértanse unos a otros todos los días mientras dure ese «hoy», para que ninguno sea engañado por el pecado y se endurezca contra Dios. Pues, si somos fieles hasta el fin, confiando en Dios con la misma firmeza que teníamos al principio, cuando creímos en él, entonces tendremos parte en todo lo que le pertenece a Cristo. Recuerden lo que dice: «Cuando oigan hoy su voz, no endurezcan el corazón como lo hicieron los israelitas cuando se rebelaron».

[5] 2 Samuel 12:1-9 (NBLA): Entonces el Señor envió a Natán a David. Y vino a él y le dijo: Había dos hombres en una ciudad, el uno rico, y el otro pobre. El rico tenía muchas ovejas y vacas. Pero el pobre no tenía más que una corderita que él había comprado y criado, la cual había crecido junto con él y con sus hijos. Comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su seno, y era como una hija para él. Vino un viajero al hombre rico y este no quiso tomar de sus ovejas ni de sus vacas para preparar comida para el caminante que había venido a él, sino que tomó la corderita de aquel hombre pobre y la preparó para el hombre que había venido a él. Y se encendió la ira de David en gran manera contra aquel hombre, y dijo a Natán: Vive el Señor, que ciertamente el hombre que hizo esto merece morir; y debe pagar cuatro veces por la cordera, porque hizo esto y no tuvo compasión. Entonces Natán dijo a David: Tú eres aquel hombre. Así dice el Señor, Dios de Israel: «Yo te ungí rey sobre Israel y te libré de la mano de Saúl. Yo también entregué a tu cuidado la casa de tu señor y las mujeres de tu señor, y te di la casa de Israel y de Judá; y si eso hubiera sido poco, te hubiera añadido muchas cosas como estas. ¿Por qué has despreciado la palabra del Señor haciendo lo malo a sus ojos? Has matado a espada a Urías hitita, y has tomado a su mujer para que sea mujer tuya, y lo has matado con la espada de los hijos de Amón. 

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