Desde nuestra naturaleza humana, aun antes de nacer de nuevo, todos tenemos sueños y deseos en el corazón. Desde niños anhelamos que Dios nos bendiga: “Señor, bendíceme”, decimos constantemente. Sin embargo, muchas veces esa palabra es tan amplia que no sabemos exactamente qué estamos pidiendo. Queremos que Él bendiga nuestros proyectos, nuestra familia, nuestro trabajo y nuestros estudios, pero pocas veces nos detenemos a pensar si estamos contribuyendo en Sus sueños. Nuestra relación con el Señor debe ser recíproca para que sea profunda y sincera.
Dios mismo nos muestra que todo sueño verdadero está acompañado de un plan y de un tiempo determinado. La salvación no fue improvisada; fue el resultado de un plan eterno. El Señor soñó con redimir a la humanidad y diseñó cada detalle para cumplir ese sueño. [1] Mientras nosotros, movidos por la ansiedad, hubiéramos querido que todo ocurriera de inmediato, Él fue paciente: levantó profetas, jueces y reyes hasta que llegó el momento perfecto.
Esto nos lleva a una pregunta clave: ¿el sueño que tenemos tiene un tiempo y un plan? Si no los tiene, no es un sueño; es solo un deseo. Dios nos enseña que no podemos vivir en una nebulosa espiritual, esperando pasivamente lo que traerá la vida. Todo sueño debe ir acompañado de dirección, esfuerzo y compromiso.
Jesús mismo nos invita a pedir con confianza. Dios es un Padre bueno que sabe dar buenas dádivas a Sus hijos. [2] Si no pedimos, no es porque Él no quiera dar, sino porque muchas veces no estamos realmente comprometidos con aquello que decimos soñar. El Señor no olvida lo que le pedimos; somos nosotros quienes abandonamos nuestras peticiones.
Sin embargo, pedir no es suficiente si nuestra conducta no está alineada con los principios de Su Reino. Jesús resume la ley en una instrucción poderosa: hacer con los demás lo que queremos que hagan con nosotros. [3] No podemos pedir bendición mientras juzgamos, criticamos o actuamos sin misericordia. El carácter del soñador es tan importante como el sueño mismo.
Aquí surge una verdad clave: no basta tener un sueño; es necesario tener el carácter de un soñador. Santiago nos advierte que existe una forma incorrecta de pedir, y nos muestra que muchos no reciben porque piden mal, con motivos equivocados. [4] La madurez espiritual consiste en aprender a pedir bien. Para ello, debemos filtrar nuestras peticiones con las siguientes preguntas: ¿violan algún mandamiento del Señor? ¿bendicen a otros? ¿dignifican nuestra vida?
Dios no nos llama a un “santo conformismo”. Al contrario, nos invita a crecer, a esforzarnos y a avanzar. Él bendice lo que hacemos, pero también nos desafía a ir un paso adelante, a asumir mayor compromiso y a caminar en excelencia. De esta manera aprendemos a aprovechar correctamente las oportunidades que se nos presentan en la vida.
Salir del “no pedir” implica comprender quién es el Dios al que le hablamos. Las Escrituras nos exhortan a pedir: “Pídeme, y te daré por herencia las naciones”. [5] Muchas veces limitamos nuestras oraciones a nuestros recursos humanos, cuando deberíamos pedir conforme a los recursos ilimitados del Señor. Cuando confiamos plenamente en Él, descansamos en Su provisión y Su paz gobierna nuestro corazón.
También debemos salir del “pedir mal”. El ciego Bartimeo pasó de una petición general a una petición específica. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?”. Cuando dijo claramente que quería ver, su fe fue recompensada. Pedir con claridad demuestra confianza y fe en Dios. [6]
Finalmente, la Escritura nos muestra el poder de pedir conforme al corazón de Dios. Salomón pidió sabiduría para gobernar al pueblo. Esa petición agradó al Señor y, como resultado, recibió mucho más de lo que pidió. Cuando buscamos primeramente Su Reino, todo lo demás viene por añadidura. [7]
Soñemos con aquello por lo que Dios sueña. Aprendamos a pedir bien, con fe, con propósito y con un corazón alineado al suyo. Entonces veremos cómo Él bendice no solo nuestros sueños, sino también nuestra vida entera.
[1] Gálatas 4:4-6 (RVR1960): 4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. 6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre!
[2] Mateo 7:7-10 (RVR1960): 7 Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. 8 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. 9 ¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide pan, le dará una piedra? 10 ¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
[3] Mateo 7:11-12 (RVR1960): 11 Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan? 12 Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la ley y los profetas.
[4] Santiago 4:3 (RVR1960): 3 Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.
[5] Salmos 2:8 (RVR1960): Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra.
[6] Marcos 10:48-52 (RVR1960): 48 Y muchos le reprendían para que callase, pero él clamaba mucho más: ¡Hijo de David, ten misericordia de mí! 49 Entonces Jesús, deteniéndose, mandó llamarle; y llamaron al ciego, diciéndole: Ten confianza; levántate, te llama. 50 Él entonces, arrojando su capa, se levantó y vino a Jesús. 51 Respondiendo Jesús, le dijo: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista. 52 Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino.
[7] 1 Reyes 3:9-13 (RVR1960): 9 Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande? 10 Y agradó delante del Señor que Salomón pidiese esto. 11 Y le dijo Dios: Porque has demandado esto, y no pediste para ti muchos días, ni pediste para ti riquezas, ni pediste la vida de tus enemigos, sino que demandaste para ti inteligencia para oír juicio, 12 he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú. 13 Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días.
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