Amigos al estilo de Jesús

CONÓCENOS

En el libro En honor al Espíritu Santo hablo acerca de cómo el Espíritu nos revela intimidades del Señor. Así sucede con las personas cercanas que nos conocen. Mi esposa sabe cuáles son mis costumbres, cómo me gusta el café, por ejemplo. Antes lo tomaba muy dulce, hasta cuando trabajé en una exportadora de café y un catador experto me dijo: “¿Qué haces? Es un crimen endulzar el café”. Ahora ya sé que un buen café se toma sin nada, como Dios lo trajo al mundo. Este amigo catador sabe de café porque ha aprendido a analizar cada aspecto de la bebida: su cuerpo, densidad, aroma, gusto. Ahora parece que todos nos hemos vuelto catadores de mil áreas; todo lo calificamos, todo criticamos. Nuestra opinión vale mucho gracias al auge de las redes sociales, donde podemos exteriorizar nuestras opiniones respecto a todo: el clima, la política, la vida de otras personas… ¡Todo lo juzgamos! Dicha actitud crítica también aplica a las amistades y sasi podríamos clasificarlas por estrellas (como los hoteles). Somos catadores de personas. Si Jesús también se hubiese comportado así, ¿quién sería salvo? ¡Nadie! Porque ninguno calificaría si somos evaluados por nuestras obras.

Sin embargo, gracias a Dios, Jesús siempre fue incondicional en Su amistad. El diablo, al contrario, quiere que condicionemos nuestro cariño. Esa necedad de ser selectivos es lo que tiene al mundo dividido (ahora se construyen muros en vez de puentes). Existen tres elementos arquitectónicos que me gustan: las puertas que permiten el acceso, las gradas que conectan niveles y los puentes que acercan distancias. Si lo analizamos, no es lo mismo que te den la bienvenida por la puerta principal a que te pidan entrar por la puerta de servicio. Si de buscar conexiones se trata, Jesús es el puente que une a Dios con los hombres. La gente se dedica a levantar paredes, divisiones y estratos sociales cuando todos deberíamos aceptarnos y reforzar esas similitudes que nos hacen humanos e hijos de Dios. Una sociedad se fortalece cuando abre puertas y la iglesia no está para levantar paredes sino construir puentes. ¡Es agradable estar conectados!

Las relaciones interpersonales son tan importantes que para la Biblia un amigo verdadero es más que un hermano[1]. De ese tamaño debe ser una relación de amistad, pero para lograr ese tipo de conexión antes debemos aprender a ser amigos, dejando de lado el egoísmo y el orgullo. Si tu amigo no te llama, llámalo tú; si no te busca, búscalo tú. Lo mejor es disfrutar de una conversación sin importar quién haga la llamada. Solo quien está dispuesto a dar un abrazo, lo recibirá. Debemos ser proactivos en brindar nuestra amistad sin caer en el peligroso juego de la reciprocidad obligada que además compromete a devolver favores, porque no se trata de eso. Una relación por conveniencia motiva la corrupción y provoca terribles males sociales. A veces, cuando enfrentamos alguna complicación y necesitamos de la influencia de alguien, solemos decir: “No te preocupes, él me debe un favor”, pero no deberíamos actuar así. Seamos transparentes con nuestras relaciones y establezcamos amistades sinceras y desinteresadas. Jesús desea ser tu amigo y no te cobrará el regalo de la salvación, imítalo y ofrece tu amistad desinteresada. Si eres un amigo fiel en todo tiempo[2], Dios sabrá recompensarte.

El mandamiento del amor es el más importante porque además motiva la humildad. Jesús decía que no devolviéramos mal por mal, que fuéramos generosos y que amáramos incluso a nuestros enemigos[3]. Me encanta la historia de un amigo que, recién convertido, devolvió el golpe que había recibido de alguien que lo molestaba. Cuando le preguntaron burlonamente por qué no había respetado la regla de poner la otra mejilla al recibir un golpe, él respondió: “Porque la Biblia también dice que es más bienaventurado dar que recibir, así que quise ser bienaventurado”. Claro que fue una interpretación graciosamente equivocada, pero sucede que a veces en verdad nos confundimos. No hay vuelta atrás: estamos llamados al amor, a la humildad y al perdón.

Hagamos a un lado la mala costumbre de juzgar a los demás y amemos sin discriminación. A veces tenemos la costumbre de medir la estatura espiritual de las personas cuando ni en lo natural crecemos de la misma forma. Dejemos de señalar y criticar, todos somos humanos, hijos de Dios, hermanos en Cristo Jesús y lavados con la misma sangre, así que amémonos y bendigámonos cuanto podamos. Dejemos la actitud “evangelicoide” de condicionar nuestra amistad.

Que nuestras reglas cristianas no sean más importantes que el amor. Una vez, a un joven que padecía una enfermedad que afectaba su cuero cabelludo, lo sacaron de una iglesia por no quitarse la gorra; eso jamás puede suceder. Lo mejor es preguntar y ayudar antes de condenar. Jesús era amigo de pecadores, así que nosotros también podemos serlo. Si por la puerta de la iglesia entra gente tatuada, con extraños cortes de cabello o con una forma peculiar de vestir, ¡bendícelos! ¿Cómo llegó la gente al Monte de los Olivos? ¡Tal como eran! No había selección, Jesús no se reservó el derecho de admisión, simplemente se limitó a bendecirlos. Si nuestro Señor dijo que daba la vida por Sus amigos, no pases por alto la suma importancia de la amistad.

Dejemos de imponer tantas reglas y de dividir las cosas de forma absurda. No hay “música del mundo” o “música cristiana”, simplemente hay música correcta y música incorrecta. Y para la pareja sentimental se vale ser románticos aunque no sea con coritos cristianos.

Amemos a quienes nos aman y también a quienes no[4]; en eso radica el verdadero valor del amor. Si amamos solo a quienes nos aman, seremos como los demás, pero debemos demostrar que somos hijos de Dios. Una mujer lesbiana asistía a un grupo de mujeres de donde pronto la rechazaron, entonces, comenzó a ir a un grupo de Casa de Dios, donde la aceptaron y amaron. Después dijo: “Aquí nadie me rechazó; recibí a Jesús, adopté a un niño, soy madre y sirvo la iglesia”. No puedes esperar que las personas reciban a Jesús si los rechazas. La norma no debe alejarnos de las personas, el amor debe acercarnos.

Cuando dudes sobre cómo tratar a alguien, pregúntate: “¿Qué haría Jesús?”. La sociedad nos desafía a ser más compasivos. El mundo religioso está entrampando a los cristianos para que no cumplan su misión, pero Jesús vino a establecer nuevas normas para las relaciones, no una religión. Que alguien falle no significa que sea un mal amigo, sino que simplemente también es un ser humano. Cuando adoro al Señor, le digo: “Tienes delante de ti a un hombre débil que desea amarte y servirte, solo Tú me puedes transformar”. Recordemos que Jesús fue amigo de hombres débiles: Pedro lo negó, y sin embargo recibió las llaves del Reino; los discípulos se durmieron cuando debían velar, pero Él los nombró apóstoles y les dio el Espíritu Santo; Judas lo traicionó, pero Él le lavó los pies; todos le fallamos, pero Él sigue siendo un amigo incondicional. No te concentres en qué tan bueno puedes ser, sino en lo bueno que es Jesús e imítalo.

Jesús es nuestro amigo y nos enseña qué debemos hacer para ser Sus amigos: esforzarnos por formar discípulos, cuidar de nuestros hermanos, y eso es todo. Hagamos lo que nos pide y seremos Sus amigos, pues si esperara a que cumplamos todos los mandamientos, se quedaría sin amigos. No se trata de ser perfectos buscando corregir a imperfectos, sino de ser amigos aceptando amigos. Sería imposible llevar a las personas a los pies de Jesús si no aprendemos a relacionarnos. El mundo no necesita más reglas rígidas sino mejores relaciones, que todos podamos llegar al Monte de los Olivos a escuchar y recibir el amor de Jesús. Pidamos: “Jesús, ayúdame a ser amigo como Tú lo eres”.


[1] Proverbios 18:24 TLA: Con ciertos amigos, no hacen falta enemigos, pero hay otros amigos que valen más que un hermano.

[2] Proverbios 17:17: En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia.

[3] Mateo 5:38-44: Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa; y a cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, ve con él dos. Al que te pida, dale; y al que quiera tomar de ti prestado, no se lo rehúses. Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.

[4] Mateo 5:46-47: Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?

 

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